lunes, 25 de noviembre de 2019

La enfermedad de la mentira.

La enfermedad de la mentira es que tus palabras dejan de tener valor. Tus mensajes no llegan, no calan, no traspasan la piel de la otra persona. La enfermedad de la mentira es autocontagiosa, mentirás más veces para salvar la primera vez que lo hiciste.
Es una enfermedad tan jodida que aumenta su efecto destructivo exponencialmente al tiempo que vive contigo.
Sus síntomas son variados: contradicciones, rodeos, necesidad de ocultar determinados temas de conversación, miedos, inseguridades,...

La enfermedad de la mentira tiene varias fases: la primera es previa a la infección, se da cuando el sujeto que está a punto de infectarse realiza una acción que considera que - en cualquier término - está mal. Tras hacerlo, se sentirá en la necesidad de ocultarlo porque su conciencia no quiere aceptar sus actos. Dados estos hechos, llegará la primera mentira, es decir, la infección.

El virus comienza a expandirse, y dará lugar a nuevas mentiras que tratan de mantener la credibilidad de la primera en algunos casos, o de ocultar nuevos hechos en otros. Llegados a este punto, entramos en la segunda fase del virus, que se caracteriza porque la conciencia del infectado empieza a presionar al sujeto para cortar el círculo vicioso en el que ha entrado. La duración de esta fase puede variar según cada sujeto y según la vida útil de cada mentira, puesto que si se descubre una, el sujeto se verá obligado a tomar medidas antes, ya sea para curar la enfermedad o para no hacerlo y aumentar sus consecuencias finales.

A pesar de la duración definitiva de la fase 2, el virus siempre acaba llegando a su ulterior y tercera etapa. En esta fase, el sujeto infectado admite sus mentiras, primero de forma individual con él mismo, y segundo frente a los demás. Sobre todo, frente a las personas que indirectamente se han visto afectadas por sus mentiras.
Esta fase es la más dura de la enfermedad, puesto que es en la que el sujeto infectado comprende la magnitud de sus actos y ya no encuentra forma ninguna de acallar a su conciencia.
Los efectos secundarios de esta enfermedad son impredecibles y no se puede estimar cuánto tiempo durarán en el sujeto. Habitualmente, cuando el sujeto termina de cerrar la espiral de mentiras, éste experimentará el resto de su vida un miedo intrínseco a volver a mentir, y se convertirá en una persona que incluso a veces, se puede llegar a considerar excesivamente sincera, ya que no tendrá pudor en responder o decir lo que piensa hasta en situaciones donde quizás, es mejor no decir nada.

A menudo, el sujeto necesitará para sentirse curado entablar conversaciones con gente que vuelve a darle credibilidad a sus palabras, a sus mensajes, los cuales tratará durante un largo tiempo de justificar aun cuando nadie dude de su veracidad.
La enfermedad de la mentira se cura llegados a este punto, pero deja una cicatriz invisible en el sujeto que la ha padecido. Esta cicatriz se diferencia del resto de cicatrices por no ser superficial ni externa. A veces, dicha cicatriz es sinónimo de dolor por las personas a las que su enfermedad causó, de igual forma, dolor. Esta cicatriz que se quedará presente en el resto de los días del sujeto recuperado lo mantendrá alejado de la enfermedad para siempre, pero quizás, también, alejado de las personas a las que salpicaron sus mentiras. Estas cicatrices tienen un solo nombre y un solo apellido. Y estas cicatrices, aun sin verse, no desaparecen.

"Me he puesto la vacuna más cara de mi vida. No voy a volver a mentir, ni a tenerla a ella".


domingo, 8 de abril de 2018

Guerra Civil interna


Se me ha olvidado escribir desde que ya no siento. Y escribir así es mentirme a mi mismo, es gastar letras y palabras tratando de explicar un sentimiento que no tengo. Quizás solo es el deseo de sentirlo lo que hace que me siente y escriba de nuevo. Y aquí estoy, intentando utilizar el idioma para descifrarme por dentro.

En los oídos me pongo música y mis dedos bailan por las teclas. Buscando la manera de que alguien también entienda que no hay mayor vacío que éste, el que sientes cuando no crees que sientas.
No sé si os creeríais que llevo cuarenta y dos minutos para escribir 100 palabras. Bloqueado ante una pantalla. Queriendo explicar algo que con palabras no me sale. Y no sé ni siquiera qué es lo que necesito que me pase.

Malos tiempos para enfrentarse a tus miedos. Esos que me susurran que el tiempo pasa y algunos trenes ya no volverán a parar en mi arcén de nuevo. Y soy consciente de que esto tan solo es el inicio de una hecatombe interna que en algún momento se convertirá en guerra.
Guerra civil de sentimientos entre lo que sentí y lo que siento. Entre las sensaciones que un día tuve y que ya no tengo. He perdido toda ética en un amago de egoísmo en busca de vivir lo que creo que me merezco, aunque eso signifique no hacer lo correcto.


domingo, 3 de diciembre de 2017

Encallado.

Encallado en mitad de un pequeño salón, mientras el blanco y el negro poco a poco van ganando al color.
Por la ventana veo pasar las horas, a veces también a tu recuerdo, y lloras.
Porque llorar llora hasta el más valiente, de hecho, he visto hacerlo a más de un superhéroe. Uno tratando de ser fuerte, y nadie te dice que eso solo se consigue a veces.
Humanos vamos a ser siempre, y seremos inmunes al dolor, pero nunca a lo que se siente.
Una parte de ti que se va en diciembre, luego sabes que pasarán muchos años hasta que regrese.

Haciendo un puzle, voy reconstruyéndome, aunque sé que habrá piezas que no encajarán esta vez. Y quizás, ya no lo hagan nunca.
El tiempo olvida, pero nunca cura, y eso te lo puede decir cualquier herida tuya.
Cicatrices que ayer creíste cerradas, es probable que se vuelvan a abrir mañana.

Encallado, en mi lado de nuestro colchón.
Aun respetando tu espacio, como si el hecho de que vuelvas fuese una opción.
Juegas con ventaja desde el día que sabías que contigo yo me sentía mejor.
Ahora todo me es indiferente: tú eres una desconocida, yo sigo ausente.
Por dentro entro en bucle y pierdo la noción. La noción del tiempo que pierdo buscando una razón. Que no es otra razón que la de siempre; yo empeñado en buscar en el pasado un nuevo presente.
Y esa sensación de querer volar aun sabiendo que ya no tengo alas. Antes tampoco las tenía, pero había una diferencia: creía en la magia. Y me sentía en las nubes si tu cuerpo me llevaba.

Stop. Aquí para el camino. De tanto soñar me he quedado dormido. Jugando con la rima en prosa, porque la poesía con su métrica limita demasiado las cosas. Esas cosas que me gustaría contarte, pero que ya sé que para ti nunca serán lo suficientemente interesantes.


miércoles, 30 de agosto de 2017

Septiembre

Antes del portazo, se te olvidó dejar las instrucciones en la mesa sobre cómo olvidar. 
Recogiste tus cosas y me dejaste allí como si yo ya no fuese una parte de ti.
Ahora no dejo de pelearme con tu recuerdo, él dice que mientras tú no llegues, él no se va. Yo le pido que me deje, me basta con no pensar. Pero siempre se hace el loco y me pregunta: "¿Y ella? ¿Dónde está?"

¿Y qué le respondo? Si no sé a dónde fuiste, ni tampoco dónde estás. Y sigo con esa estúpida manía de buscarte al despertar. Como si al girarme tú estuvieses ahí, durmiendo, sin hacer ruido al respirar.
Por la calle me cruzo con tu perfume y me pongo a temblar. Si voy acompañado siempre digo que es porque tengo frío. Cuando sea verano, no sé qué excusa me podré inventar...

Puedo buscar en otros labios, enredarme en otra piel, pero...¿para qué? Si lo que encuentro en ti en nadie más.... Lo sé. 
Mucho me temo que para este mareo de recuerdos, no existe Biodramina, ¿qué te voy a decir? Si solo a ti puedo considerarte compañía.

Quizás no termine de aceptarlo, pero te sigo esperando. Mirando el calendario, a ver si hay un día que rodeo y no tacho. Y es que no recuerdo la última vez, que tus labios y los míos se querían morder.
Pero muérdeme, cómeme de un bocado, que quiero ser tu mejor postre y tu primer plato. Quiero que no dejemos de besarnos, como si el mundo se acabara justo en el segundo siguiente, y tú a mi lado.

Me encantaba descubrir constelaciones en tu espalda, y mirarte con ojeras y cansada, pero guapa. Porque tú siempre estás guapa.
No me creías cuando te decía que tu sonrisa me ganaba día a día. Y ya ves si me ganó que aún la pienso... la pienso, y sonrío también yo.

Pero no puedo admitir que te perdí o que tú me perdiste. Aunque, ¿qué más da? Si ya la culpa la tengo por todo el tiempo que perdimos discutiendo.
Al fin y al cabo todo se resume en un: ¿Me echas de menos? 
Si quieres no contestes... pero yo, si te soy sincero, me muero por verte. Y ya lo sabes, que mi orgullo es así de duro, pero he pensado que antes de perderte a ti, lo pierdo a él que es un capullo. 

Ojalá algún día, entre calada y calada, o entre copa y copa, recuerdes vagamente nuestra historia. Recuerdes cuando te decía, que si tenías miedo, solo tenías que agarrarme fuerte. 
Y tan fuerte, como el sentimiento de nostalgia, la impotencia de no poder tenerte, que llega septiembre y luego el frío, pero mi única certeza es que ya, mis brazos, no serán tu abrigo.

sábado, 26 de agosto de 2017

Ahora, eres poesía (#AmoresDeVerano)

Eres. O quizás somos.
Partiendo de que no sé nada de nosotros, puedo contarte algún secreto. Puedo contarte diez lunares, o puedo fingir mis nervios. 
No vamos a ninguna parte y es esa incertidumbre la que nos une con más fuerza. Porque este camino no tiene destino, pero la compañía es más que suficiente para seguir recorriéndolo aunque, al final, todo haya sido para acabar donde empezamos, o para acabar en algún que otro lado. Qué más da dónde.

Aunque, supongo que esa es la ventaja de no tener una ruta predeterminada. De no saber exactamente a dónde vamos. Que así nunca nos perderemos, pues solo el que tiene un destino puede perderse. 
Una vez leí que quien escribe las cosas claras pierde la oportunidad de atrapar a quien lo lee, y es cierto. Por eso hoy he encendido este cigarro, para que el humo entorpezca la visión de lo que quiero contarte. 
Y apurando esta calada te cuento que hay noches que sin saber porqué te cuestionas absolutamente todo. Y hoy es una de esas noches. Una de esas noches de verano.
Porque tengo la manía de respetar un hueco en mi cama en el que cabrías perfectamente, aunque sé que al menos hoy, no vendrás.
Porque el saber que no te tengo pero que a la vez sí puede llegar a confundirme un poco. Pero yo no quiero tenerte. Yo quiero que dentro de tu libertad me sigas eligiendo a mi. Y no quiero más futuro que mañana, pero quiero que hoy me digas que mañana seguiré siendo yo y no otro. Que yo no entiendo esa estúpida medida del tiempo, pero si me dan a elegir hoy, me quedo contigo.

Me quedo contigo porque no necesitamos tener las cosas claras. Porque tengo mil porqués que si quieres un día, con más tiempo, y quizás con un café puesto en la mesa de algún bar perdido, te detallaré con más atención.
Porque a parte de esa lista de razones, tengo otras listas distintas de las que nunca te he hablado. Que hay ciertas canciones que llevan tu nombre, y que no hay una sola noche que no aparezcas aunque sea un segundo, entre esos planes que imaginas y que puede que quizás nunca se cumplan. Pero en ello estamos, ¿no?
Que hay gestos tuyos que se reproducen en modo aleatorio en mi cabeza, y ahí están, como en un bucle, que me hace sonreír a veces. Pensarás: '¡Qué estúpido!'. Pero ojalá todas las estupideces sean como esa.
Que hay citas que leo en libros, y que hay versos que encajan a la perfección contigo, y es ahí cuando me voy dando cuenta, de que ya no eres letras desordenadas. Ahora, eres poesía.
Pero dentro de nuestro desorden, y de nuestro orden, hay algo que no cambia: el echarte de menos.
Y es que pueden pasar cinco minutos, como una semana, que ya van asomando las patas las ganas. Esas ganas que me llaman a la puerta, y siempre voy corriendo a abrirla porque es imposible ignorarlas.

Le pido al músico del bar en el que estoy que toque un tema, mientras en una de las servilletas escribo un par de frases que se me han venido a la cabeza.
Y suena el saxofón y el piano, y yo arrugo la tinta hasta hacerla una bola y tirarla al suelo, porque no quiero seguir escribiendo, porque ya no tengo más qué decir.
Porque falta tu pelo en la escena, y falta que llenes el sitio opuesto al mío.
Que me saques una de esas conversaciones que se acaban entre miradas a la nada, y que luego vuelven sin preguntar en qué hemos estado pensando en esos segundos de descanso que nos damos, casi sin querer.
Si tenemos fecha de caducidad no me la digas, que no quiero saberla, me gusta más lo de vivir al segundo, y en este segundo lo que cuenta, es que tu mirada ahora busca la mía, y que mis manos prefieren pasear entrelazadas a las tuyas.
Me queda tanto por saber de ti, y aún así no será ni la mitad de lo que no llegue a saber nunca. Pero no importa, ese misterio es el que atrapa, y esos son los detalles de los que poco a poco nos daremos cuenta que nos tienen atados de una u otra manera.
Me pido algo, porque ya voy a dejar de escribir. Y espero al camarero antes de poner cualquier punto y final. Espero, solo para decirte, que ahora vuelvo a creer en la magia, y que para mi ahora, la magia, eres tú.

Al trasluz (#AmoresDeVerano)

Me desperté esta mañana con tu letra escrita en un trozo de papel arrugado. Me decías, con trazos firmes al principio, que habías soñado conmigo, y conforme me contabas ese sueño tu letra se volvía más pequeña y menos legible, como si pretendieses que no la pudiese entender, pero necesitaras irte sabiendo que la habías escrito...

"Esta noche he soñado contigo. He soñado algo que me ha hecho levantarme nerviosa y quizás han sido justo esos nervios los que he intentado canalizar escribiéndote esto. Después de soñar algo que me parecía tan real y despertar y verte a mi lado durmiendo, no he podido evitar quedarme mirándote. El sol entraba por los diminutos agujeros de la persiana y dejaban tu cara iluminada a lunares, esos que cuento por tu espalda cuando no puedo dormirme y te giras abrazando tu trozo de la almohada. El sueño del que te hablo me llevaba a un bar de estilo antiguo, con música de los noventa. Yo esperaba en la mesa a que tú llegaras para contarte la noticia más importante que jamás te había dado. Estaba impaciente por verte, estaba impaciente porque me dieras unos de esos besos tuyos que sirven para tranquilizarme a veces, y para todo lo contrario otras. Ya lo tenía todo pensado, ya había ordenado cuidadosamente las palabras en mi cabeza y había elegido el tono con el que te diría...".

Dejé de entender la letra. Los trazos estaban tan juntos que las palabras se doblaban unas a otras y era imposible comprender nada. Seguía entrando el sol por la ventana y yo seguía buscándolo, con la hoja entre las manos, a ver si la claridad me ayudaba a descifrar aquel laberinto de palabras.
¿Qué me tenías que decir? De repente me di cuenta al respirar hondo que la habitación aún olía a ti. Me quedé con ese olor y los ojos cerrados. Entonces recordé algo. Anoche te noté rara. Mientras cenábamos hubo muchos silencios cuando nosotros, lo de quedarnos callados, siempre lo hemos dejado para otras circunstancias. Tu mirada se perdía al vaso muchas veces, y no te pediste lo de siempre. Te pasaba algo, pero no me di cuenta. Estaba demasiado pendiente en contarte cosas interesantes con las que no aburrirte. Aunque, no creo que ese haya sido el motivo de tu huida. No creo que te hayas ido porque te he aburrido. Nunca nos hemos aburrido en este tiempo. 

Me levanté de la cama y vi tirado tu pintalabios justo en la entrada de casa, debajo de la percha, como si se te hubiese caído del bolso. Intenté recordar si anoche lo tiraste cuando, nada más abrir la puerta de casa, te arramplé a besos hasta el cuarto y dejaste el bolso mal colgado. Pero no me fijé en ese detalle. Estaba pendiente en desabrochar cada botón de tu camisa. En estar tan cerca que nuestra respiración hiciera el relevo la una a la otra. En leer tu piel con mis manos como si yo fuese ciego y tú, desnuda, un sistema braille.

Era verano y se notaba en cada rincón de la casa. El calor comenzaba a hacerme sudar. ¿Qué me tenías que decir? Busqué mi móvil con la mirada y lo localicé en la mesita de noche. Marqué tu número casi sin mirar el teclado y pulsé el botón de llamar. No respondías.
Me daba pánico pensar en la posibilidad de que algo malo te hubiese pasado. También en si no volvería a verte.

Fui al baño. Aún seguía tu cepillo de dientes junto al mío. También tu neceser con las cosas del maquillaje. Abrí el grifo y me eché agua en la cara. Cuando levanté la mirada, noté como mi reflejó también te estaba buscando.

Caminé hasta el salón aún descalzo. Con las manos en jarras hice una panorámica, desde el balcón hasta el sofá. Nada parecía estar fuera de su sitio. Quise asomarme por el balcón, recorrí visualmente la calle. Algunas personas caminaban por la acera y una moto de reparto rompió el relativo silencio que guardaba la calle.

Regresé a la habitación y me volví a sentar en la cama. Sostuve aquel papel arrugado. Releí la carta. La volví a leer. Por cuarta vez, deambulé mentalmente por aquellas líneas: “Esta noche he soñado contigo…”.

De pronto, algo llamó mi atención. Al trasluz, se podía vislumbrar unas palabras sobrepuestas en aquel párrafo inentendible del final. Corrí hasta la cocina, tomé un mechero, y regresé a la habitación. Encendí el mechero. Iluminé el papel. Entendí una ‘q’, una ‘u’… ‘Quieres’. La siguiente palabra empezaba por ‘c’, seguía por ‘a’… ¡Casarte! Y, para acabar, la última palabra era: ‘conmigo’.

No me lo podía creer. La felicidad me inundó por completo. Miré al techo y sonreí como si me fuera la vida en ello. De repente escuché el ruido del ascensor. ¿Serías tú? Dejé la carta en el mismo sitio que la encontré, justo en el suelo de la habitación, y me volví a tumbar en la cama haciéndome el dormido. La puerta del piso se abrió. Entraste sin hacer mucho ruido, pero te noté apresurada. Gracias a tu respiración y a tus pasos supe que estabas entrando en el cuarto. Estuviste unos segundos parada. Luego te volviste a mover. Escuché arrugarse el papel, por lo que supe que lo estabas cogiendo. Yo seguía fingiendo que dormía, manteniendo los ojos cerrados. Y cuando ya no podía aguantar las ganas de comerte a besos, los abrí.
Sin embargo, cuando lo hice ya estabas de espaldas, saliendo de la habitación. Y antes de que pudiese reaccionar, volviste a salir de casa. Te llevaste aquel papel contigo. Yo me levanté y corrí al balcón. Te vi salir del portal. Caminaste unos pasos. Había un hombre esperándote. Abrí la ventana para poder ver y escuchar mejor. Le enseñaste aquel papel arrugado. Él se llevó un rato leyéndolo. Luego lo puso al trasluz. Y os besasteis.

Nunca más volví a saber de ti.








miércoles, 26 de julio de 2017

No hay peor enemigo, que el que nunca lo fue

Otra noche más viene el insomnio a preguntarme por ti. No puedo decirle cómo estás, porque ni siquiera lo sé... No sé si lo que reflejas es la realidad, o solo estás fingiendo.
No puedo no pensar en cómo te sientes. En cómo te lo estás pasando. En si te acuerdas de mi, o si no, y cuánto...
Y eso que hace tiempo que no disfruto pensándote. No lo hago, porque cuando vienes a mi mente nunca es para darme paz. Estás mirándome en mi cabeza, y me incómoda la situación.
Supongo que se acabaron las treguas, que estamos en guerra. Y supongo que cuando regreses lo harás con todo tu arsenal. No sé qué estrategia seguirás si es que seguirás alguna. Ni tampoco sé dónde colocar mis trincheras.
Y es que no hay peor enemigo, que el que nunca lo fue.

No voy a mentirte, no estoy preparado. Y no lo estoy porque me siento incapaz de dispararte, ni tampoco sé cómo defenderme. Estoy en ese punto intermedio que no acaba de decidirse por ningún polo y, que al final, ante la duda, se mantiene siempre en la misma posición.

Lo peor es que creo saber qué viene a continuación. Y lo que viene, no va a ser agradable. Sobre todo para mi.
Llevas herida tanto tiempo que empiezas a hacerte inmune al dolor. Seguramente ahora estés excavando en tu pasado, buscando esa otra felicidad, la que sentías antes de sentirla conmigo. Esa felicidad que no viene dada por una sola persona, sino por un cúmulo de motivos y razones.
Ahora querrás reencontrarte con todo aquello que, queriendo o sin querer, dejaste algo apartado. Y lo harás. Vivirás varios días en los que tu mente rechace cada ápice de culpa, cada porción de conciencia. Apartará toda sensación que te lleve al punto en el que estabas antes de que todo esto empezase. Y lo que empieza es el principio del fin, como dirían algunos.
Ahora buscarás la sustitución. Cambiar una pieza por otra. O varias.

Entras en esa fase en la que cualquier cosa es buena siempre que te ayude a no pensar. Y creerás vivir bien así. Y empezarás a sentirte ganadora de esta guerra en la que yo, aún, no he conseguido posicionarme. En la que asumo mi culpa en el inicio del conflicto, pero sin olvidar que una disputa entre dos no comienza solo por una de las partes.

Y también soy yo el que mira atrás y nos ve en la boca del callejón en el que, sin darnos cuenta, nos fuimos metiendo. Hemos recorrido tanto el mismo trayecto que no vemos la luz al otro lado.
Fuimos dos inconscientes, y ahora, tras todo este tiempo, tú y yo somos dos personas totalmente diferentes. Ya no somos los que se metieron en ese callejón sin ser conscientes de dónde estaban. Ahora somos los que se han dado cuenta de dónde están y necesitan encontrar una salida.

Sé que crees haber vivido una mentira. Sé que tu confianza está tan dañada que solo la pérdida de memoria podria recomponerla. Pero también sé que la balanza que nos sostiene no solo está cediendo en mi lado. También lo hace en el tuyo, y también lo hizo tiempo atrás.
Ahora que esta guerra de dos da claros indicios de ir en serio, necesito resguardarme de tus ataques, al menos, hasta que piense si atacar yo, o defenderme primero.
Lo primero será quererme de nuevo. Lo siguiente, olvidar cualquier pista, cualquier huella, que me lleve a responder ciertas preguntas que prefiero olvídar antes de saber sus respuestas. Y por supuesto, y lo más difícil, llenarme de fuerza, llenarme de valor, para cuando llegue el día en el que mis ojos vean lo que mi mente ya sabe.

domingo, 12 de marzo de 2017

Lo que no nos hace felices

Qué bien suenan todas esas frases célebres sobre la felicidad, como "nacimos para ser felices" o, citando a Josep Mascaró: "estás aquí para ser feliz". Desde pequeño hemos oído hablar de la felicidad, nos la presentaron en forma de aventuras en familia, de juegos entre amigos o, simplemente, cuando veíamos nuestra comida favorita en la mesa.

Nos hicieron creer que la felicidad era un objetivo, una meta en la vida, y nos lo hicieron creer porque a nuestras generaciones pasadas también se lo enseñaron así. Nuestra forma de vida siempre tenía que conducirnos a la felicidad, nuestro tiempo tendría que ser dedicado plenamente a ser felices, a disfrutar cada cosa que hiciéramos. Durante la juventud nos animan a esforzarnos continuamente por un futuro feliz, donde tengamos una vida resuelta, donde nuestras preocupaciones se diluyan por el camino; el camino que nos lleva a la felicidad. Y la felicidad es eso que vemos siempre en el horizonte, ese destino por el que seguimos avanzando, eso que nos espera al final del trayecto. Pero, por más que recorremos, nunca alcanzamos del todo.  

Y, ¿por qué nos cuesta tanto ser felices? Porque nos obligamos a serlo. 
No tenemos que tener la vida resuelta a los veintitantos, ni si quiera a los treinta. No tenemos que haber encontrado al amor de nuestra vida durante la universidad, ni si quiera tenemos que ir a la universidad. No tenemos que tener un buen coche, ni una casa espaciosa, ni un gran grupo de amigos donde no haya peleas ni distanciamientos, ni una cuenta bancaria de muchas cifras ni, tampoco, una familia ideal y estructurada.
Todos estos clichés sobre la felicidad, sobre esa meta utópica a la que todos aspiramos a alcanzar, nos hace ver la felicidad como una obligación más que como un estado al que se puede o no llegar en determinados momentos de nuestra vida. Que nadie nos venda una vida feliz y plena durante todos nuestros años de existencia porque jamás podrá darse tal supuesto. Pero, por supuesto, no hace falta que nadie nos diga cómo ser felices, ni si quiera nuestra propia cultura tiene ese derecho.

La mayoría de las veces que seamos felices ni nos estaremos dando cuenta. Y esa es la ironía de la que no te hablan aquellos que siguen repitiendo sin cesar que el sentido de la vida es ser feliz. Si empezaba hablando de frases célebres, ahora voy a citar otra: "cualquier tiempo pasado fue mejor". Y, ¿sabéis por qué se dice ésta? Porque cuando hacemos balance de los bueno y lo malo en un momento puntual de nuestras vidas, siempre tendemos a recordar lo bueno del pasado, sin ver lo bueno que tenemos hoy, ahora, en este momento.

No somos máquinas programadas para ser felices, somos personas que improvisamos cada segundo de nuestras vidas y, a veces, actuamos sin saber ni siquiera a dónde queremos llegar. Porque si la felicidad es un destino, el trascurso del viaje te ocupará toda una vida, pero si la felicidad es el camino, aquí ya estamos hablando de otra cosa.


Hazte un favor y de aquí en adelante no te prometas que serás feliz, no te acuestes pensando que mañana serás más feliz que hoy, porque justamente eso, es lo que no nos hace felices.

martes, 26 de julio de 2016

Hoy no salieron las estrellas, y tuvimos que pintarlas.

Hoy no salieron las estrellas y tuvimos que pintarlas. En la oscuridad fuimos dos siluetas algo inquietas, que se buscaban al contraluz de una ventana.

No podíamos vernos pero sabíamos que estábamos ahí, y si extendíamos los brazos podíamos rozarnos. En cinco minutos nuestros ojos se acostumbrarían y no pareceríamos dos ciegos tratando de buscarse guiados solo por el único sentido que nos falta. Sin embargo, esos cinco minutos eran los únicos que nos interesaban. La magia residía en ese instante, en aquel momento en el que tus sentidos se anulaban, y sin embargo no perdías el rumbo.
Pero esperaste. No te moviste. Observaste mi figura oscura que, poco a poco, se iba haciendo clara a tus ojos en medio de la oscuridad. Y ya no hubo más que hacer. Se fue la magia en busca de otro instante, de otras dos siluetas que sí supieran apreciarla. Y me dejaste frío mientras tus rasgos se hacían visibles.
"¿Y si encendemos la luz?" Dijiste. Y tu mano buscó el interruptor en vez de buscar la piel que tenía a su lado. Creerás que son meros detalles. A los dos días te marchaste. Pero ya no fue ninguna sorpresa.

Cada vez tengo más claro que la vida es una actitud. Nos aferramos a un clavo ardiendo siempre que, aunque queme, nos mantenga vivos. Nos encanta sentirnos vivos. Sin embargo algunos recuerdos aún nos frenan. Dormimos con el miedo bajo la almohada para despertarnos con él y que nos recuerde que ilusionarnos es peligroso. Que vivir, es peligroso.
Queremos tenerlo todo bajo control cuando a veces es el caos lo que nos hace felices. Pero por qué arriesgarse. Por qué cambiar de rutina si, aunque a veces quiera algo distinto, ya me he acostumbrado a no querer más. Por qué... Por miedo. Hasta la felicidad nos da miedo por si, al buscarla lejos de nuestro sitio, lo perdamos y ya no tengamos dónde regresar.

Déjame hablarte de los detalles, y prometo parar de hacerlo si me confiesas que nunca te perdiste en alguno. Que nunca te fijaste en una mirada que buscaba algo más que cruzarse con otra. Si nunca podrías admitir que lo primero en que te fijaste fue en un pequeño lunar que quizás ella ni sabe que lo tenga. O que aún sigues buscando ese sitio perdido que en alguna conversación mencionó que le encantaría visitar.
Una puerta entreabierta puede significar que hay alguien que desea que la atravieses para preguntarle qué le pasa, o solo puede ser una simple puerta que nunca llegó a cerrarse. Leer entre líneas. Y equivocarnos. O acertar.
Una actitud. La actitud de no conformarse con lo que es obvio, y buscar algo más. Vivir sabiendo lo que ello implica. Y aceptar cuando algo se acaba quizás sea la mejor manera de enfrentarte a un nuevo comienzo, que no tiene que ser ni peor ni mejor a lo pasado; tan solo diferente.

Dejemos de creer que tenemos raíces y que no podemos ser nosotros mismos en otro sitio. Dejemos de alimentar nuestro miedo con una actitud equivocada. No nacimos con instrucciones sobre cómo hacer bien las cosas. No te castigues si un día decidiste cambiar tu camino porque el que recorrías tan solo sirvió para atarte a una rutina que nunca podría haberte hecho feliz.

Detalles tan insignificantes como encender una luz, denotan una actitud. Guiarse con los ojos es muy fácil. Lo de hacerlo con el corazón, solo unos pocos se atreven.

jueves, 4 de febrero de 2016

Mi incoherencia.

Ayer fui a un concierto sin música. Recuerdo que llovía sin que cayese ninguna gota del cielo. La gente de mi alrededor me miraba pero allí todos eran ciegos. Había un mudo tratando de gritar. Y un sordo que pedía más canciones mientras miraba al escenario vacío. Recuerdo que te busqué pero no estabas. Que anduve pisando los charcos ya secos de la tormenta que no mojaba. Que sostenía una botella de champán vacía, y, que a veces, inconscientemente, trataba de darle un trago. Pensarás que estoy loco. Y puede que tengas razón. O puede que te llevaras también mi cordura contigo. Ya no sé que te dejaste, ni tampoco que se quedó.
Me da miedo mirarme al espejo y no verte detrás haciendo alguna tontería. Me da miedo que no desordenes mis cosas y, que cuando llegue a casa, esté todo en "orden". Yo prefiero tu caos.
Me da miedo que tu mirada se cruce con la mía y no haya una arruga en tus párpados antes del primer parpadeo. Que tu silla esté vacía, que la televisión no esté puesta con tu serie favorita. Que me llenes la cabeza de planes imposibles que siempre acaban perdiendo las dos primeras letras de su adjetivo, porque los hacemos. Tengo miedo si no me sorprendes justo cuando la inspiración había llegado, si no me molestas, si no me haces llegar tarde a cualquier lado.
Y no te confudas, que la soledad no me asusta. Solo me da miedo que tú no estés y que ya no sea yo el que te está esperando.
Tú sabes hacerme fuerte y frágil a la vez. Tú me has enseñado a imaginar sin cerrar los ojos, a jugar al escondite con la felicidad y siempre acabar encontrándonos, incluso en un simple roce de mejillas.
Cualquier ciudad de tu mano se convierte en París, y ahora me da miedo que algún día vaya a París sin ti y me parezca que es una ciudad cualquiera.
He descubierto contigo cientos de constelaciones y no me ha hecho falta mirar al cielo; me valían tus lunares. Por eso tengo miedo. Porque contigo me siento en las nubes y me da vértigo si pienso en las dudas que pueden hacer que caigamos. En un desliz de madrugada. En otros labios. En otras manos.

Ayer fui a un concierto. Recuerdo que llovía y la lluvia calaba por mi cuerpo. La gente de mi alrededor no se percataba de que a su lado había alguien que no paraba de mirar a todos lados. Recuerdo que te busqué, pero no estabas. Que anduve pisando los charcos mientras la tormenta no arreciaba. Que sostenía una botella de cristal llena de cerveza y del agua de lluvia que se colaba. Recuerdo que el escenario se empapaba, y que de repente apareciste tú, con esa sonrisa que parece pintaba, preguntándome "¿Dónde estabas?".

sábado, 14 de noviembre de 2015

#JeSuisParis

Supongo, porque no estaba, que ayer en París olía a fiesta y se respiraba ambiente de partido. Supongo, porque no estaba, que se escuchaban risas desde la terraza del Bonne Bière y buena música en Le Bataclan. Que paseaban niños por la calle Charonne, que había proyectos de regalos para esta navidad en el centro comercial Les Halles, y a buen seguro en Le Carillon, algún par de enamorados tomaban algo pensando en que tenían enfrente a la mejor compañía posible para un viernes por la noche.

Supongo, porque no estaba, que lo que vino después rompió la fiesta y el ambiente de partido. Que las risas tornaron en gritos y la buena música en un compás de balas perdidas que tenían la mala costumbre de encontrar a cuerpos inocentes. Que los proyectos de regalos de navidad se quedaron en meros proyectos que quizás ya, jamás se cumplan, y que espero que a aquellos dos enamorados les dieran tiempo de esconderse, de salir corriendo, o de sortear la pólvora que, sin tener porqué, iba contra ellos.

Ayer no solo se interrumpió una noche de viernes en París. Ayer se interrumpieron sueños y metas. Se interrumpieron años, infancias, madurez y vejez. Se interrumpieron palabras, pestañeos, caricias y miradas. Se interrumpieron, para no volver jamás, vidas. Ayer explotaron en Francia personas inocentes, y quizás algún explosivo. Y lo escribo así porque lo único que importa aquí es lo primero.

Cuesta realmente pensar que una mano, de carne y hueso como las nuestras, como las de las personas que arrebataban la sala de fiestas ayer en París, o como las de las personas que se disponían a cenar en uno de los restaurantes sorprendidos por el tiroteo, fuese la que estuviesen apretando el gatillo de una Kaláshnikov desde el otro lado. Que un cerebro compuesto por lo mismo que el nuestro, hubiese creído lógico matar a iguales por una religión, por un ideal, o por lo que sea. Que hubiese tenido la templanza de sostener aquel fusil entre sus manos, y mientras apretaba el gatillo gritar a los cuatro vientos, casi camuflado por los disparos, "Alahu Akbar" ("Alá es el más grande"). Y que esto no solo lo hubiese hecho una vez, sino reiteradas veces, hasta descargar su arma, y volverla a recargar para volver a gastarla de nuevo, al igual que se gastaba todo lo demás.

No sé a dónde habrán ido a parar todas las cosas que querían hacer y ya no harán las cien personas que se encontraron ya sin vida en Le Bataclan. No sé tampoco qué será de esos últimos pensamientos que dedicarían antes de ver como les quitaban su propia vida delante de sus propios ojos; ojos que ya no volverán a abrirse. Y yo no estuve allí, yo ni los conocía, ni si quiera sé sus nombres. Pero sí sé que son personas, y que quienes les dispararon no lo eran.

Anoche ni una gota de sangre debió salpicar las aceras ni un solo cadáver reposar sobre éstas. Anoche nada de lo que pasó debió haber pasado. Por eso, yo hoy soy París. Y porque mañana, París, puede ser España, Portugal, Grecia,... Occidente. 

domingo, 27 de septiembre de 2015

Llega el invierno y no me importa...

Llega el invierno y no me importa. Dejo que llueve si estoy contigo. Y si un relámpago alumbra  la habitación, si me deja ver tu cara dormida tan solo un instante, querré que siga la tormenta y que no escampe.
Te abrazo porque no sé no abrazarte, y nunca inundes tus ojos. Quiero mirarte a la cara con los ojos cerrados y desnudarte sin tocarte hasta que mi imaginación despierte con tu cuerpo y el mío tan pegados que nadie podría decir que fuésemos dos y no uno.

Nunca he sido tan torpe como cuando quiero no serlo al estar contigo. Y me río de mi si tú te ríes conmigo. Te guardo en pestañas sopladas con un deseo pendiente que siempre se repite y que no te cuento porque quiero que siempre se cumpla. Porque justo somos eso, un siempre encerrado en este instante, libertad compartida a deuda con tus noches, y tú con las mías.
Somos una casualidad y también nuestra suerte. Esto no vino con instrucciones, por eso a veces no supimos cómo hacerlo. Aunque lo importante es que lo hicimos. Lo importante es que ahora tú eres lo importante. Y si me faltas me pierdo, al igual que me pierdo si no estás. Empiezas a guiar mi felicidad y créeme que nunca he dejado que nadie lo hiciese, pero me gustan como tus manos agarran a las mías y me indican el camino. Ese camino que me encanta solo porque es contigo con quien lo estoy recorriendo.

Perdóname si te quiero de forma egoísta, pero creo que contigo no sé querer de otra forma. Al igual que no sé no mirarte cuando estás despeinada y seguir viéndote guapa. Me has enseñado a creer en algo en lo que prometí  dejar de creer, y nunca romper una promesa fue tan bonito. No busco entenderte ni busco que tú me entiendas, busco siempre intentarlo y si no lo consigo no darle más vueltas. Besarte cuando menos lo esperes y susurrarte que te quiero un millón de veces como si con novecientas noventa y nueve mil novecientas noventa y nueve veces no hubiese sido suficiente, y pudieses olvidarte de algo que para mí es tan obvio.

No sé si es medible, si cabe en alguna variable existente todo lo que eres para mí. Ni sé si es posible expresarlo. Quizás las palabras no puedan con esto, quizás haya que inventar otras nuevas u otra forma de decir las cosas. Quizás exagere, aunque seguro que no. Y no soy de los que suelen estar seguros de muchas cosas.
Ahora la felicidad me encuentra fácil en cada roce de piel, en cada rincón de la ciudad que visitamos juntos, en cada noche en la que sobra la almohada porque preferimos apoyarnos en nosotros mismos y romper el reposo de unos latidos que se aceleran si te pienso.

Tengo grabado un "no me faltes nunca" por dentro, y a veces puedes verlo en cualquier ataque tonto de celos, en alguna que otra duda, o en algún miedo que se asoma cuando recuerdo que hasta ahora no sabía lo que era suspirar por alguien cuando no la tengo, o cuando veo esa lista con planes pendientes que aún no hemos hecho, pero que no para de crecer.
Hay veces que pienso que una vida se nos puede llegar a quedar corta. Y quien me iba a decir a mí que algún día alguien me haría pensar en un futuro tan lejano, si yo siempre odié eso de prometer la eternidad a ciertas compañías.

Nunca me prometiste ser diferente, fue al conocerte cuando me di cuenta de que lo eras. Y eso, justo eso, es lo que me hace saber que primero estás tú y luego el resto. Lo que hace que fuera de ti ya no busque porque solo dentro de ti es donde encuentro. Y lo que hace que me pierda y me encuentre en ti, porque hacerlo en otra persona ya no tiene sentido.

miércoles, 5 de agosto de 2015

¿Por qué se nos enfría el café por las mañanas?

Quizás sea por esa estúpida manía de dejar pasar a la rutina más allá del recibidor. La tratamos bien e incluso nos gusta; hasta que aburre. Hasta que el aroma del café recién hecho tropieza al subir por las escaleras, y nunca llega a la planta de arriba.

Los botones desabrochados por inercia han perdido la gracia. Y no me interesan miradas cómplices que también son cómplices con otros ojos.

Lo quiero todo ahora. Lo he querido todo siempre. Pero la rutina no.

Y el problema no es que se enfríe el café por las mañanas. El problema es que cada día el café amanece encima de la mesa, asumiendo que él será nuestra elección hoy. Extinguimos otras opciones. ¿Y Por qué? ¿Por miedo?
Lo desconocido asusta. Y lo que no, si no es bueno, aburre.

No quiero que seas para siempre, lo efímero me tira más. Nos enseña a valorar las cosas, y a apreciar el tiempo. Y si lo efímero se hace eterno, que se haga sin prometer serlo. Que dure para siempre pero siempre creyendo que no durará más que un momento.
Prometerte al tiempo es esclavizarte a él. No nos hagamos presos todavía. Aún creo en la libertad. Y más, si es compartida.

La guillotina nos espera a la vuelta de la esquina y yo me entretengo haciéndote surcos en tu piel con mis dedos. Y mientras avancemos no me grites lo que se avecina, no me expliques el peligro. Porque si la única forma de sobrevivir hoy es quedarnos quietos, prefiero no sobrevivir, y correr a lo que traiga el destino.

Es la única forma de sortear el aburrimiento, el café de por las mañanas, y la inercia de la rutina. Avanzar. Contigo. Sin miedo a que un cambio desequilibre nuestro equilibrio. Porque quizás, a nosotros, nos sienta mejor el desorden.

domingo, 24 de mayo de 2015

Benditos principios

Es mejor no dar protagonismo a los finales, a esos finales que le quitan espacio a los principios. Y benditos principios.
Principios aún sin estructurar que buscan su sitio, como lo hace un flujo de agua por un canal. Y nosotros somos cada gota. Chocando. Hasta evaporarnos y volver a caer. Porque en eso consiste esto, en subidas y bajadas.

Hay despedidas que se guardan para momentos especiales... o quizás los momentos especiales guardan despedidas. El caso es que yo no descorcho un gran reserva tan fácil, y con tu adiós descorché el de la mejor cosecha.
Olía a alcohol en la cocina, la fiesta se encendía y los tragos caían al ritmo del caer de las gotas de lluvia en los cristales. Quién sabe si esa lluvia nos guardaba a nosotros dos. Quién sabe si nuestro camino también se interrumpió contra el cristal. Si morimos en una de esas caídas precipitadas al vacío, después de haber subido tanto, tanto,... hasta las nubes.
Quizás fue vértigo. El problema es que cuando estás tan arriba y no recuerdas que te puedes caer, al hacerlo, duele más.
En la misma habitación donde vi tirada tu ropa por primera vez. En el mismo suelo que recogió nuestra ropa lanzada con ansia, aunque no lo confundas con prisa; más bien era pasión. En ese mismo suelo, acabé yo. Con unas copas de más, y yo echándote de menos.
Miraba mareado como la cama parecía trepar por la ventana, y creí oler tu perfume al echarme sobre ella. Cerré los ojos. Pero inmediatamente los abrí. Todo me daba vueltas.

Me duché para sentirme más vivo, aunque quizás ya estaba muerto, si miraba de nuevo esas otras gotas que eran paradas por la ventana de la ducha.
Yo no quería olvidar así pero nadie me había dado instrucciones. No sabía cómo empezar a hacerlo y bebí como escusa, o como motivo para atreverme a llamar a tu número y decirte todo lo que no me atreví nunca a decir.
Tan equivocado como siempre. Me vestí y me acosté. Era madrugada.
"La luna está tan decepcionada conmigo que ya ni baja a saludarme por las noches", pensé. Por eso aquella noche llovía. Por eso había tantas nubes. No quería verme, y se escondía.
Podía consolarme con el ruido de la tormenta, pero no podía consolarte a ti. Y eso me escocía. Recuerdo cuando me decías que te daban miedo los truenos, el viento. Recuerdo como me giré a ti y te abracé, como protegiéndote de algo de lo que ya nos protegían las paredes. Y el techo. El mismo techo que ahora miraba, con los ojos abiertos, pensándote otra vez.

Crujían los árboles mientras dejé correr al reloj. Y siguió corriendo. Y no paraba. Y pasaron días. Y pasaron meses. Y de repente se volvió a parar.
Con otra mirada tímida. Con otros labios cortados. Con otra voz que no quería dejar de escuchar.
De improvisto, como dicen que salen mejor las cosas, cuando menos lo esperas, alguien nuevo aparece. Y te llena. Poco a poco.
Hasta que vuelves a ver caída su ropa en el suelo. Hasta que vuelve a quitarte la camisa botón a botón hasta dejarte sin nada, sin nada más que ella. Y ella, sin nada más que tú.
Y esta vez las gotas de los cristales no eran lluvia, eran vaho producto de unas ganas incontenibles. Esta vez los recuerdos no dolían porque, aunque andaban quebrados por aquella misma habitación, ya no se escuchaban. Ya no hablaban. Ahora los recuerdos se habían quedado sin voz, porque otra voz sonaba más fuerte. Porque otro principio, había dejado atrás a un nuevo final. Y entonces me di cuenta que aquel adiós sólo fue eso, un final. Y lo que le sigue a los finales siempre son principios. ¡Benditos principios!
Y ya solo puedo pedir una cosa: que esta vez sepamos sortear los cristales.

viernes, 1 de mayo de 2015

"Tengo el corazón en obras"


Me cansé de los cruces de miradas que parecen destinados a volver a cruzarse, pero luego no lo hacen. De esas historias suicidas que tienes que enterrar en litros de tequila después de un tiempo para olvidarlas. De canciones en la radio que te recuerdan a la misma persona que no se acordaría de ti al escucharla. De letras vacías. De casarme con la duda y divorciarme al instante siguiente.
Buscaba algo diferente y me cruzaba con todo lo que resultaba ser igual. Por eso decidí hacer reforma, y desde entonces ando con el corazón en obras. 

Acabas huyendo de lo que te hace ilusión por miedo a desilusionarte. Suena triste, pero lo más triste es que es cierto.
Es cierto que cerramos puertas porque antes nos las cerraron a nosotros. Que hacemos daño porque antes nos lo hicieron a nosotros. Es como un mecanismo de defensa que se activa en cuanto sentimos que la historia puede repetirse, y podemos volver a acabar perdiendo. Aunque solemos pagar nuestras cuentas con quien menos culpa tiene, y así nos va.

Por ello lo de que todos somos un poco masocas, y nos encanta tropezar con la misma piedra ya no una, ni dos, ni tres, sino un número ilimitado de veces. Por ello los sí pero no, los te quiero pero mejor nos damos tiempo, las despedidas que prometen reencontrarse, los reencuentros que ya suenan a una nueva despedida, las "oportunidades"  a regañadientes, y siempre entre comillas, porque eso no son oportunidades.

Al final acabaremos pensando que hasta el silencio nos miente, convenciéndonos de que arriesgarse es exponernos demasiado, y dejaremos de creer en los cruces de miradas. En las historias suicidas. En las canciones de radio. En sus letras. En la duda eterna, que no conoce divorcio y que se pregunta si realmente esconderse es la solución para no acabar preguntándote por qué volviste a tropezar.

Aunque quizás, tropezar sea la única forma de encontrarte. O de encontrarla. O de que te encuentres al encontrarla a ella. 

domingo, 15 de marzo de 2015

No sé si os ha pasado...

Quizás es que sea demasiado exigente... aunque prefiero seguir pensando que aún nadie ha conseguido que dejen de importarme mis exigencias. Que tenga que romper todos esos requisitos porque he encontrado en alguien que no cumple ninguno de ellos, todo lo que buscaba. Por ejemplo, alguien que consiga que me quede aún cuando había prometido irme.
A veces esperamos demasiado a que lleguen ciertas cosas. Otras, por no esperar, perdemos lo que llegaría más tarde. Por eso no sabemos muy bien cuándo, qué y a quién esperar.  Y por eso también, nos equivocamos tanto eligiendo cuándo, qué y con quién hacerlo.
No sé si os ha pasado eso de que os volvéis inconformistas conforme más tenéis. O de que, de repente, te das cuenta de que aún nadie ha conseguido llegar y romper todos esos esquemas que guardamos con un cierto orden dentro de nosotros. Un orden que deseamos romper.
Porque a veces romper con algo nos hace sentirnos libres. Pero la sensación de libertad es más bonita cuando se siente con alguien. Por eso nunca me gustaron las ataduras. Por eso tiendo a dar a elegir y no a exigir. En el momento en que exiges algo a la otra persona, corrompes su propia personalidad. Le arrebatas libertad. Y las cosas más importantes de la vida han de decidirse libremente.
Por eso esperas a que te elijan sin que tú hayas elegido primero. Porque no puede haber algo más delatador que escoger sin saber si también estarían dispuestos a escogerte a ti. Arriesgarte por alguien.
Pero hay que estar muy loco para arriesgarse por alguien. O hay que tenerlo muy claro. y yo últimamente ando casado con la duda. Pero es justo eso lo que me hace darme cuenta de mi inconformismo. Si lo tuviese claro, ya estaría conforme.
Y no sé si os ha pasado que tenéis algo tan claro que lo utilizáis como varilla de medir. Y entonces sabéis lo que queréis cuando lo sentís de esa manera. Pero no encontrar el qué o el quién te haría apostarlo todo a una, te hace plantearte si es posible encontrar eso que buscas, o si pusiste la meta demasiada alta.
Quizás sea verdad eso de que los soñadores morirán solos. Pero me niego a rendirme en mis aspiraciones. Aspiraciones que quizás sean suicidas, pero de algo hay que morir.
Y no temes a la soledad, porque no hay peor sensación que sentirte solo estando acompañado. Paciencia la habrá hasta el momento en que la prisa y el tiempo me recuerde que se van acabando las opciones. Opciones que empiezan a limitarse, y entonces hay que decidirse por ciertos caminos.

Pero mientras tanto sigo andando atento en las esquinas. Por si giré y no te vi. Por si andabas escondida o yo miraba a otra parte. O mejor dejar de buscar. Porque al fin y al cabo, solo buscamos ser encontrados. 

sábado, 7 de febrero de 2015

1977. Mi revolución.

Corría el año de 1977 y bajo mi piel unos diecinueve años rebeldes. Encendí la bengala que estalló en mi mano dejando un rastro de humo rojo, que lejos de ahogarme me hacía sentir más vivo.
Confundieron los códigos aquellos guardias que de repente lanzaron pelotas de goma contra nosotros, jóvenes de universidad que defraudados por el sistema tan solo mostrábamos nuestro descontento de forma pacífica.
Yo corrí con aquella luminaria sujetada con mi mano derecha. Algunos cayeron y fueron pisados por aquellos otros que se hacían llamar "cuerpos de seguridad del Estado", aunque en aquel momento evocaron a todo menos a la seguridad.
Gritaba con todas mis fuerzas aunque con el estruendo no era capaz de escuchar mi propia voz. Recuerdo que seguía tus pasos, no quería perderte de vista, pero no era fácil. El miedo empezó a olerse pronto.
Aparecieron para echarnos, pero cuando estábamos dispuestos a irnos no nos dejaron huir. De repente tropezaste y caíste violentamente contra el suelo.
Frené a pesar de los pasos cercanos de un miembro de la ESMAD y me arrodillé a tu lado tratando de levantarte rápidamente, pero no podías.
Una pelota de goma alcanzó mi rodilla y caí fulminado al lado tuya.
Entonces miré el cielo. Boca arriba y fumigados por bengalas. El humo no me dejaba verte con claridad, pero te cogí la mano.
De repente comenzaste a reír, creo que prisa del pánico, o porque siempre habías estado un poco loca.
Sin embargo y a pesar de que mi rodilla me dolía a rabiar, comencé a reír yo también. El asfalto que soportaba nuestras espaldas no era tan incómodo como pudiese parecer. Y ardía, pero no quemaba.
Era mayo y Madrid, pero aquello podría ser diciembre y Belgrado. A mi me hubiera dado igual, estaba a tu lado.
Tu dedo índice bailaba por la palma de mi mano y respiré hondo, llenando de polvo y ceniza mis pulmones.
Tosí pero seguí riendo, tú tampoco parabas de hacerlo. "¿Por qué nos disparan?" Gritó otro de los manifestados al lado mía, y tú contestaste en mi oído "Disparan porque nos tienen miedo". Aquella frase me sonó a chiste, porque posiblemente no habría en Madrid aquella tarde alguien más asustado que yo, o que tú.
Una pancarta era consumida en el suelo producto de las llamas. Nuestras armas eran las palabras pero las suyas hacían más ruido.
Y entonces alguien te zarandeó desde el suelo. Y te forzaron a ponerte de pie mientras tú dejaste de reír y empezaste a revolverte con vehemencia. Hice un esfuerzo por levantarme, les chillé: "¡cabrones, hijos de puta!" Y me cogieron a mi también.
Me asestaron dos golpes en la cara con una porra. A ti te sujetaron las manos con una brida.
Nos pasearon por aquella calle sumida en el caos hasta un furgón en el que nos montaron junto a otros jóvenes. Tú apoyabas la cabeza en el vidrio y nos pusimos en marcha. Me mirabas a los ojos y yo a ti también, aunque a veces los cerrase para contener el dolor.
Te separaste del resto para rozar mis labios agrieteados con los tuyos más enteros, y me susurrabas al oído que dejase de temblar. Y te prometo que lo intenté.
Antes de bajarnos nos dijeron que éramos la escoria de España. Tú volviste a reír.
Una vez allí nos separaron y no supe más de ti. No volví a escuchar tu risa alocada, ni tu voz inconformista.
Y sí, nos tenían miedo, y por eso dispararon. ¿Y qué hicimos mal? ¿Expresarnos?
La cicatriz del labio todavía me sabe a ti cuando me miro en el espejo, y tus tres lunares alineados en el cuello que te vi cuando intentaste librarte de los que te oprimían los he recordado uniéndolos con una línea invisible en mi cabeza.
Fui de los que siempre creyó en las señales, y la que me dejaron en la rodilla aún me pregunta por ti.
Sin embargo no he vuelto a encender una bengala ni he vuelto a acudir a ninguna otra manifestación.
Tampoco es que hayan cambiado mis ideales, ni me he vuelto un cobarde.
Pero perdona si no entiendo la rebelión sin ti, porque mi revolución es contigo.



viernes, 2 de enero de 2015

Pero resultó ser evitable. Muy evitable.

Me pregunté cien preguntas y no supe responder ninguna, por eso dejé de preguntarme. No es que me hubiese vuelto necio de repente, no es que no supiera (en algunas de ellas) contestar, es que no era necesario hacerlo. Es que no importaban esas preguntas, porque no importaba lo que había tras sus posibles respuestas. Se quemaron cien caminos, y eliminé esas cien preguntas.
Te tuve cerca, y te pude seguir teniendo tan cerca, incluso más. Tu respiración se perdió haciendo el relevo de la mía en cada beso que no nos dimos, que no nos dimos porque ya no había más besos que darnos.
Y tus labios hablaban más de lo que creías, y también tus miradas efímeras a los míos. Pero ya no ibas a acercarte, ni yo tampoco.
"¿No queda nada?" Quizás esa fue una de las preguntas. Pero qué más da, si ya no vale la pena ni pensar en la respuesta.
Nos dimos la vuelta, tú hacia una dirección y yo hacia la opuesta, y no echamos por ninguna de las dos partes un vistazo hacia atrás. No hubo la necesidad de mirarnos por última vez. No creímos que un posible cruce de miradas de última hora nos hiciese frenar en nuestra separación de caminos, ambos cada vez más distantes.
A veces perdíamos tiempo dudando, y a veces nos empeñábamos en hacer que lo que tenía que pasar, pasase un poco más tarde. Retrasando lo inevitable.
Pero creo que nunca pensamos que sí, que era evitable. Que aquel final que le dábamos a ciertas situaciones no tenía que ser siempre el mismo, y que todas esas veces que dijimos de irnos sin despedida (engañándonos al  sí dárnosla) podrían ser reales, e irnos sin despedirnos.
Todos sabemos cómo se las gastan los recuerdos, y el inexplicable mecanismo de echar de menos. Que un día te levantas y todo se vuelven dudas. Que sólo hace falta una canción que por azar suena en un instante coincidiendo contigo, que sólo hace falta el cruce de un perfume en tu camino, o cualquier detalle que tontamente acaba recordándote que ya no está. Es tarde para arrepentirse, y no estoy arrepentido de que ya tú y yo seamos evitables.
Pero si algo dolió fueron esas palabras. Fueron ciertas frases que dichas en determinados momentos parecen tan reales e inquebrantables que se convierten en tu religión, en tu biblia, en lo único que crees de verdad.
Las palabras se rompen, como las promesas se olvidan. Se nos olvida el hecho de que poner la mano en el fuego por algo o alguien implica poder quemarse, pero esa verdad en la que creemos nos tiene tan cegados que olvidamos el riesgo, y no creemos posible que el final nos chamusque los dedos.
Un sí y no debatiéndose tanto tiempo pero sin llegar a ser sí. Sin llegar a ser no.
Aunque ahora ya se ha decidido, nos hemos puesto de acuerdo, aunque haya tenido que ser forzado por nuestros errores. Que por cierto, ¿Por qué errores? No, no, errores no.
Por nuestros actos, y que los juzgue quien quiera, y que los califiquen de buenos o malos que ya da igual.
Y si todo vale como experiencia, ésta habrá sido una más. Qué nos gusta empeñarnos en que algo tiene que funcionar solo porque nosotros estamos seguros de que así tiene que ser. Dejemos de engañarnos. Y yo dejo de escribir.

Si alguna vez nos volvemos a ver, que nos volveremos a ver, espero poder decir con orgullo y para mí: Qué fácil fue evitarte esta vez. 

martes, 11 de noviembre de 2014

Ahora eres poesía.

Eres. O quizás somos.
Partiendo de que no sé nada de nosotros, puedo contarte algún secreto. Puedo contarte diez lunares, o puedo fingir mis nervios. 
No vamos a ninguna parte y es esa incertidumbre la que nos une con más fuerza. Porque este camino no tiene destino, pero la compañía es más que suficiente para seguir recorriéndolo aunque, al final, todo haya sido para acabar donde empezamos, o para acabar en algún que otro lado. Qué más da dónde.

Aunque, supongo que esa es la ventaja de no tener una ruta predeterminada. De no saber exactamente a dónde vamos. Que así nunca nos perderemos, pues solo el que tiene un destino puede perderse. 
Una vez leí que quien escribe las cosas claras pierde la oportunidad de atrapar a quien lo lee, y es cierto. Por eso hoy he encendido este cigarro, para que el humo entorpezca la visión de lo que quiero contarte. 
Y apurando esta calada te cuento que hay noches que sin saber porqué te cuestionas absolutamente todo. Y hoy es una de esas noches. Una de esas noches de verano.
Porque tengo la manía de respetar un hueco en mi cama en el que cabrías perfectamente, aunque sé que al menos hoy, no vendrás.
Porque el saber que no te tengo pero que a la vez sí puede llegar a confundirme un poco. Pero yo no quiero tenerte. Yo quiero que dentro de tu libertad me sigas eligiendo a mi. Y no quiero más futuro que mañana, pero quiero que hoy me digas que mañana seguiré siendo yo y no otro. Que yo no entiendo esa estúpida medida del tiempo, pero si me dan a elegir hoy, me quedo contigo.

Me quedo contigo porque no necesitamos tener las cosas claras. Porque tengo mil porqués que si quieres un día, con más tiempo, y quizás con un café puesto en la mesa de algún bar perdido, te detallaré con más atención.
Porque a parte de esa lista de razones, tengo otras listas distintas de las que nunca te he hablado. Que hay ciertas canciones que llevan tu nombre, y que no hay una sola noche que no aparezcas aunque sea un segundo, entre esos planes que imaginas y que puede que quizás nunca se cumplan. Pero en ello estamos, ¿no?
Que hay gestos tuyos que se reproducen en modo aleatorio en mi cabeza, y ahí están, como en un bucle, que me hace sonreír a veces. Pensarás: '¡Qué estúpido!'. Pero ojalá todas las estupideces sean como esa.
Que hay citas que leo en libros, y que hay versos que encajan a la perfección contigo, y es ahí cuando me voy dando cuenta, de que ya no eres letras desordenadas. Ahora, eres poesía.
Pero dentro de nuestro desorden, y de nuestro orden, hay algo que no cambia: el echarte de menos.
Y es que pueden pasar cinco minutos, como una semana, que ya van asomando las patas las ganas. Esas ganas que me llaman a la puerta, y siempre voy corriendo a abrirla porque es imposible ignorarlas.

Le pido al músico del bar en el que estoy que toque un tema, mientras en una de las servilletas escribo un par de frases que se me han venido a la cabeza.
Y suena el saxofón y el piano, y yo arrugo la tinta hasta hacerla una bola y tirarla al suelo, porque no quiero seguir escribiendo, porque ya no tengo más qué decir.
Porque falta tu pelo en la escena, y falta que llenes el sitio opuesto al mío.
Que me saques una de esas conversaciones que se acaban entre miradas a la nada, y que luego vuelven sin preguntar en qué hemos estado pensando en esos segundos de descanso que nos damos, casi sin querer.
Si tenemos fecha de caducidad no me la digas, que no quiero saberla, me gusta más lo de vivir al segundo, y en este segundo lo que cuenta, es que tu mirada ahora busca la mía, y que mis manos prefieren pasear entrelazadas a las tuyas.
Me queda tanto por saber de ti, y aún así no será ni la mitad de lo que no llegue a saber nunca. Pero no importa, ese misterio es el que atrapa, y esos son los detalles de los que poco a poco nos daremos cuenta que nos tienen atados de una u otra manera.
Me pido algo, porque ya voy a dejar de escribir. Y espero al camarero antes de poner cualquier punto y final. Espero, solo para decirte, que ahora vuelvo a creer en la magia, y que para mi ahora, la magia, eres tú.






domingo, 10 de agosto de 2014

Historias

Como esa foto antigua que llega a tus ojos cuando menos esperas que lo haga y empiezas a recordar. Empiezas a desdibujar cada trazo de ese papel impreso con cada uno de los recuerdos. Y no te das cuenta, pero es justo ahí donde empiezas a saber qué eres. Eres un ticket de un cine a las diez y media de un sábado. Eres ese perfume que se cruza contigo un viernes y recuerdas porqué te resulta conocido. Eres una carcajada mientras estás viendo una película de miedo, o eres un grito en lo alto de una atracción. Seremos caricias mañaneras, besos por la espalda, y manchas de rímel en mis sábanas que me hacen recordar que anoche estuviste aquí.
Las historias que vivimos están ardiendo ahora mismo en cualquier parte, y desde aquí puedo oler a papel quemado, a besos mojados, a un roce de manos que ya no produce reacción. Que tan sólo nos quedó la otra mitad o que aún queda todo lo recorrido, significa lo mismo pero denota una intención. Piénsalo mientras seguimos ardiendo. Mientras seguimos siendo tickets, fotos, carcajadas o gritos. Nos cansamos de esperar llamadas que no llegan y de pedir que nos carguen el vaso mientras nuestra canción suena en la radio. Aunque ya ni siquiera sé si tenemos canción. Quizás sólo fuimos eso, música, un tema de tres minutos contando las mismas tonterías que nos hace creer que la escribieron por nosotros.
No sé si entre tanto revuelo te escapaste tú o lo hice yo, no sé porqué hablo de dos, tampoco sé por qué debería hacerlo de uno. El tiempo nos da la medida de todo, y con él nos daremos cuenta de lo que somos. Pero un día te verás eligiendo un piso a medias y un colchón, y te darás cuenta que el tiempo pasa rápido, y no espera a que te decidas. Y como él, nosotros dejaremos que pase, tanto que una noche como ésta, echaremos la vista atrás y pensaremos en aquellas historias quemadas, y en si alguna vez debimos de apagar el fuego antes de que las cenizas pesarán más que los recuerdos.
Me quedaré con cien mil cosas dentro que nunca diré, me quedaré con un puto best-seller que no publicaré nunca, pero hay cosas que es mejor decirlas sólo cuando van por alguien, porque esa es la verdadera chispa que encenderá estas letras cuando ya no tengan destinatario, o cuando el destinatario ya olvide la película de un sábado, cómo huele ciertos perfumes o a que sabe despertar con quien anoche quisiste hacerlo.