viernes, 2 de enero de 2015

Pero resultó ser evitable. Muy evitable.

Me pregunté cien preguntas y no supe responder ninguna, por eso dejé de preguntarme. No es que me hubiese vuelto necio de repente, no es que no supiera (en algunas de ellas) contestar, es que no era necesario hacerlo. Es que no importaban esas preguntas, porque no importaba lo que había tras sus posibles respuestas. Se quemaron cien caminos, y eliminé esas cien preguntas.
Te tuve cerca, y te pude seguir teniendo tan cerca, incluso más. Tu respiración se perdió haciendo el relevo de la mía en cada beso que no nos dimos, que no nos dimos porque ya no había más besos que darnos.
Y tus labios hablaban más de lo que creías, y también tus miradas efímeras a los míos. Pero ya no ibas a acercarte, ni yo tampoco.
"¿No queda nada?" Quizás esa fue una de las preguntas. Pero qué más da, si ya no vale la pena ni pensar en la respuesta.
Nos dimos la vuelta, tú hacia una dirección y yo hacia la opuesta, y no echamos por ninguna de las dos partes un vistazo hacia atrás. No hubo la necesidad de mirarnos por última vez. No creímos que un posible cruce de miradas de última hora nos hiciese frenar en nuestra separación de caminos, ambos cada vez más distantes.
A veces perdíamos tiempo dudando, y a veces nos empeñábamos en hacer que lo que tenía que pasar, pasase un poco más tarde. Retrasando lo inevitable.
Pero creo que nunca pensamos que sí, que era evitable. Que aquel final que le dábamos a ciertas situaciones no tenía que ser siempre el mismo, y que todas esas veces que dijimos de irnos sin despedida (engañándonos al  sí dárnosla) podrían ser reales, e irnos sin despedirnos.
Todos sabemos cómo se las gastan los recuerdos, y el inexplicable mecanismo de echar de menos. Que un día te levantas y todo se vuelven dudas. Que sólo hace falta una canción que por azar suena en un instante coincidiendo contigo, que sólo hace falta el cruce de un perfume en tu camino, o cualquier detalle que tontamente acaba recordándote que ya no está. Es tarde para arrepentirse, y no estoy arrepentido de que ya tú y yo seamos evitables.
Pero si algo dolió fueron esas palabras. Fueron ciertas frases que dichas en determinados momentos parecen tan reales e inquebrantables que se convierten en tu religión, en tu biblia, en lo único que crees de verdad.
Las palabras se rompen, como las promesas se olvidan. Se nos olvida el hecho de que poner la mano en el fuego por algo o alguien implica poder quemarse, pero esa verdad en la que creemos nos tiene tan cegados que olvidamos el riesgo, y no creemos posible que el final nos chamusque los dedos.
Un sí y no debatiéndose tanto tiempo pero sin llegar a ser sí. Sin llegar a ser no.
Aunque ahora ya se ha decidido, nos hemos puesto de acuerdo, aunque haya tenido que ser forzado por nuestros errores. Que por cierto, ¿Por qué errores? No, no, errores no.
Por nuestros actos, y que los juzgue quien quiera, y que los califiquen de buenos o malos que ya da igual.
Y si todo vale como experiencia, ésta habrá sido una más. Qué nos gusta empeñarnos en que algo tiene que funcionar solo porque nosotros estamos seguros de que así tiene que ser. Dejemos de engañarnos. Y yo dejo de escribir.

Si alguna vez nos volvemos a ver, que nos volveremos a ver, espero poder decir con orgullo y para mí: Qué fácil fue evitarte esta vez. 

martes, 11 de noviembre de 2014

Ahora eres poesía.

Eres. O quizás somos.
Partiendo de que no sé nada de nosotros, puedo contarte algún secreto. Puedo contarte diez lunares, o puedo fingir mis nervios. 
No vamos a ninguna parte y es esa incertidumbre la que nos une con más fuerza. Porque este camino no tiene destino, pero la compañía es más que suficiente para seguir recorriéndolo aunque, al final, todo haya sido para acabar donde empezamos, o para acabar en algún que otro lado. Qué más da dónde.

Aunque, supongo que esa es la ventaja de no tener una ruta predeterminada. De no saber exactamente a dónde vamos. Que así nunca nos perderemos, pues solo el que tiene un destino puede perderse. 
Una vez leí que quien escribe las cosas claras pierde la oportunidad de atrapar a quien lo lee, y es cierto. Por eso hoy he encendido este cigarro, para que el humo entorpezca la visión de lo que quiero contarte. 
Y apurando esta calada te cuento que hay noches que sin saber porqué te cuestionas absolutamente todo. Y hoy es una de esas noches. Una de esas noches de verano.
Porque tengo la manía de respetar un hueco en mi cama en el que cabrías perfectamente, aunque sé que al menos hoy, no vendrás.
Porque el saber que no te tengo pero que a la vez sí puede llegar a confundirme un poco. Pero yo no quiero tenerte. Yo quiero que dentro de tu libertad me sigas eligiendo a mi. Y no quiero más futuro que mañana, pero quiero que hoy me digas que mañana seguiré siendo yo y no otro. Que yo no entiendo esa estúpida medida del tiempo, pero si me dan a elegir hoy, me quedo contigo.

Me quedo contigo porque no necesitamos tener las cosas claras. Porque tengo mil porqués que si quieres un día, con más tiempo, y quizás con un café puesto en la mesa de algún bar perdido, te detallaré con más atención.
Porque a parte de esa lista de razones, tengo otras listas distintas de las que nunca te he hablado. Que hay ciertas canciones que llevan tu nombre, y que no hay una sola noche que no aparezcas aunque sea un segundo, entre esos planes que imaginas y que puede que quizás nunca se cumplan. Pero en ello estamos, ¿no?
Que hay gestos tuyos que se reproducen en modo aleatorio en mi cabeza, y ahí están, como en un bucle, que me hace sonreír a veces. Pensarás: '¡Qué estúpido!'. Pero ojalá todas las estupideces sean como esa.
Que hay citas que leo en libros, y que hay versos que encajan a la perfección contigo, y es ahí cuando me voy dando cuenta, de que ya no eres letras desordenadas. Ahora, eres poesía.
Pero dentro de nuestro desorden, y de nuestro orden, hay algo que no cambia: el echarte de menos.
Y es que pueden pasar cinco minutos, como una semana, que ya van asomando las patas las ganas. Esas ganas que me llaman a la puerta, y siempre voy corriendo a abrirla porque es imposible ignorarlas.

Le pido al músico del bar en el que estoy que toque un tema, mientras en una de las servilletas escribo un par de frases que se me han venido a la cabeza.
Y suena el saxofón y el piano, y yo arrugo la tinta hasta hacerla una bola y tirarla al suelo, porque no quiero seguir escribiendo, porque ya no tengo más qué decir.
Porque falta tu pelo en la escena, y falta que llenes el sitio opuesto al mío.
Que me saques una de esas conversaciones que se acaban entre miradas a la nada, y que luego vuelven sin preguntar en qué hemos estado pensando en esos segundos de descanso que nos damos, casi sin querer.
Si tenemos fecha de caducidad no me la digas, que no quiero saberla, me gusta más lo de vivir al segundo, y en este segundo lo que cuenta, es que tu mirada ahora busca la mía, y que mis manos prefieren pasear entrelazadas a las tuyas.
Me queda tanto por saber de ti, y aún así no será ni la mitad de lo que no llegue a saber nunca. Pero no importa, ese misterio es el que atrapa, y esos son los detalles de los que poco a poco nos daremos cuenta que nos tienen atados de una u otra manera.
Me pido algo, porque ya voy a dejar de escribir. Y espero al camarero antes de poner cualquier punto y final. Espero, solo para decirte, que ahora vuelvo a creer en la magia, y que para mi ahora, la magia, eres tú.






domingo, 10 de agosto de 2014

Historias

Como esa foto antigua que llega a tus ojos cuando menos esperas que lo haga y empiezas a recordar. Empiezas a desdibujar cada trazo de ese papel impreso con cada uno de los recuerdos. Y no te das cuenta, pero es justo ahí donde empiezas a saber qué eres. Eres un ticket de un cine a las diez y media de un sábado. Eres ese perfume que se cruza contigo un viernes y recuerdas porqué te resulta conocido. Eres una carcajada mientras estás viendo una película de miedo, o eres un grito en lo alto de una atracción. Seremos caricias mañaneras, besos por la espalda, y manchas de rímel en mis sábanas que me hacen recordar que anoche estuviste aquí.
Las historias que vivimos están ardiendo ahora mismo en cualquier parte, y desde aquí puedo oler a papel quemado, a besos mojados, a un roce de manos que ya no produce reacción. Que tan sólo nos quedó la otra mitad o que aún queda todo lo recorrido, significa lo mismo pero denota una intención. Piénsalo mientras seguimos ardiendo. Mientras seguimos siendo tickets, fotos, carcajadas o gritos. Nos cansamos de esperar llamadas que no llegan y de pedir que nos carguen el vaso mientras nuestra canción suena en la radio. Aunque ya ni siquiera sé si tenemos canción. Quizás sólo fuimos eso, música, un tema de tres minutos contando las mismas tonterías que nos hace creer que la escribieron por nosotros.
No sé si entre tanto revuelo te escapaste tú o lo hice yo, no sé porqué hablo de dos, tampoco sé por qué debería hacerlo de uno. El tiempo nos da la medida de todo, y con él nos daremos cuenta de lo que somos. Pero un día te verás eligiendo un piso a medias y un colchón, y te darás cuenta que el tiempo pasa rápido, y no espera a que te decidas. Y como él, nosotros dejaremos que pase, tanto que una noche como ésta, echaremos la vista atrás y pensaremos en aquellas historias quemadas, y en si alguna vez debimos de apagar el fuego antes de que las cenizas pesarán más que los recuerdos.
Me quedaré con cien mil cosas dentro que nunca diré, me quedaré con un puto best-seller que no publicaré nunca, pero hay cosas que es mejor decirlas sólo cuando van por alguien, porque esa es la verdadera chispa que encenderá estas letras cuando ya no tengan destinatario, o cuando el destinatario ya olvide la película de un sábado, cómo huele ciertos perfumes o a que sabe despertar con quien anoche quisiste hacerlo.


viernes, 22 de marzo de 2013

Hay cosas que pasaron antes, mucho antes.


"Querida Gin-tonic:
Es el momento de escribirte lo que nunca fui capaz de decirte, aunque sea tarde. Describir lo que ha sucedido en una carta que no te voy a mandar, que no vas a recibir nunca, que como tú me enseñaste en cuanto acabe de escribirla la quemaré, mis sentimientos se pondrán a arder, y así el dolor, ¿cómo era?, ¿cómo decías tú?. Ah ya, así el dolor no se te queda tan dentro. Esta vez solo quiero ser claro. Sería un imbécil si no gritara que me he equivocado, contigo, que la he cagado pero bien, desde el principio. Que he intentado avanzar sin apartar antes las cosas que me lo impedían, agarrado al pasado, mirando para atrás, queriendo olvidar pero sin parar de recordar. Qué locura, Gin. Empeñado en quedarme ahí, en medio de un lado y el otro, sin perdonar, sin perdonarme, sin avanzar. ¿Dónde está ese reto del futuro, Gin? Puede que esté en fijarse bien y en avanzar. Mirar más cerca, más, tan cerca que lo borroso se vuelve nítido, se vuelve claro. Claro. Hay cosas que pasaron antes, mucho antes. No quiero esperar milagros, solo que las cosas pasen. O no. Si. No. Si. No. Si. No. Yo ahora lo tendría claro, pero ahora ya no depende de mi, sino de ti. Te quiero."

miércoles, 16 de enero de 2013

¿Estás ahí?


-          ¿Estás ahí?
-          ….
-          Sé que me estás escuchando…
-          ….
-          Venga, no te hagas la dura y coge el teléfono, por favor…
-          …
-          Aunque no hables sé que estás pendiente a mis palabras. ¡Contesta de una vez!
-          …
-          Bueno, está bien, veo que no va a servir de nada que siga insistiendo, pero esta vez no voy a colgar, me da igual que no me contestes, necesito decirte esto y tener la seguridad de que te lo estoy diciendo a ti, así que escucha… - Esperó unos segundos, quizás esperando una última esperanza en la que ella respondiese al fin. Sin embargo el silencio fue su única respuesta… – Quieras o no y haya sido como haya sido, tú te has hecho con una parte de mí, y yo, con una parte de ti. No quise ser egoísta y decidí no ganarte por completo, sé que puedo hacerlo y no por otra cosa si no porque creo saber cómo hacerte feliz, creo saber qué y cuándo necesitas escuchar eso de “todo va a salir bien”, sé o creo saber cuándo necesitas un abrazo e incluso y no más importante, cuando necesitas un poco de espacio y no tenerme tras de ti. Poco a poco he ido conociéndote, he ido sabiendo más sobre ti, tu historia, tu nombre, tus manías, tus gustos y tus disgustos. He estudiado tu mirada y he sabido reconocerte entre millones de personas más. Mi piel a conocido a tu piel, mis labios los tuyos… y a pesar de que siempre me opuse a eso de echar de menos, ellos echan mucho de menos aquellos momentos en los que se cruzaban, se tocaban, se protegían y se unían de tal forma que parecía no querer separarse nunca. No me gustó decir nunca te quiero a la primera persona que me dedicaba algo de su tiempo, siempre esperaba a algo más. Sin embargo, un día me sorprendí susurrándotelo al oído. Nunca me gustó acostumbrarme a nadie y sin embargo, cada día me sorprendo esperándote, en la parada, en tu portal, bajo las escaleras, o a distancia. Odié y odio necesitar de algo, porque me da la sensación de que a partir de la necesidad, tu felicidad deja de depender de ti mismo, y eso me asusta. Pero… mírame, piensa… ¿qué sería ahora sin ti? sin tus besos, sin mis ojos vistos desde los tuyos, sin tu maldita foto en mi cartera. No te miento tampoco. Estoy convencido de que podría vivir sin ti, pero no sería como contigo, no sería ni parecido, no valdría la pena tanto el estar aquí. Soy un tipo frío, desconfiado, con pocas ilusiones, quizás por el pasado… pero a pesar de todo ello ahora me despierto y te busco dentro de mí, busco tu sonrisa, esa que me ayuda cuando las cosas van del revés, esa que me protege y me hace más fuerte.  Me da igual que no me contestes, yo también he tenido días que he querido no cogerte el teléfono ni saber de ti durante unas horas, no porque te haya dejado de querer, si no porque te quiero y me daba miedo dejarme llevar por impulsos que acabasen en un distanciamiento. No sabes lo que me encanta ir contigo a cualquier parte, imaginarme que estamos solos los dos y que nada más vale que tu compañía. No sé a dónde vamos, pero yo te sigo. No sé ni siquiera si tú sabes el camino, sólo sé que a donde vayas, yo iré contigo, por si te pierdes, por si te alejas de tu destino, por si no sabes regresar… 

martes, 18 de diciembre de 2012

Indestructible.


Me paré en uno de los únicos bares que pese a la hora, seguía teniendo luz en su interior. Me bajé del coche y mi pie chapoteó en un pequeño charco. Las luces de neón alumbrando el nombre de aquel pequeño local no tenían la fuerza suficiente como para traspasar la espesa niebla que reinaba en aquella madrugada. Entré con miedo de encontrarme con más de un borracho tumbado en la barra, o con un viejo gruñón con una escoba y mal genio dispuesto a echarme tal como había llegado, pero no. En lugar de eso, me encontré con una mujer de no más de cuarenta años, que al escuchar el chirriar de la puerta con mi llegada clavó su mirada en mí, algo extrañada. No había nadie más que ella y una copa que sujetaba con su mano derecha.
“¿Se puede?” me atreví a decir a pesar de esa mirada tan fija en mis movimientos. Asentó con la cabeza y apoyó sobre la barra la copa. Anduve unos pasos hasta sentarme en un pequeño taburete a pie de barra. Miré un poco el decorado de aquel lugar. Un tanto anticuado, fotos en blanco y negro y demasiado pobre todo. Aún así, no dejaba de ser un sitio acogedor.
Olía a ambientador barato y algo de alcohol, pero no era desagradable, al contrario, me gustaba. Me volví a centrar en aquella singular camarera y le pedí un whisky. Tal como se giraba en busca de la botella y el vaso, coloqué mi vista en un tatuaje que tenía en la espalda, sobre el omóplato, pues llevaba una camisa de tirantas que le descubría casi toda la espalda. Fui sorprendido por ella misma mientras le observaba aquel pequeño dragón de tinta y enseguida bajé la cabeza simulando estar buscando algo en mi bolsillo. Noté como sonrío y dejó el vaso cargado de whisky delante de mí.
-          - ¿Qué hace un hombre bien vestido tan solitario, a estas horas de la noche, y por bares como esté?
Me sorprendío la pregunta, realmente no me la esperaba. Levanté la cabeza tras darme cuenta que mis intentos por disimular mi descarada mirada ya no tenían más razón de sí, y contesté mientras paseaba mi dedo índice por la boca del vaso, haciendo círculos.
-         -    Necesitaba un sitio donde caerme muerto.
Hizo una mueca difícil de identificar. Se giró y prosiguió tomándose su copa. Me quedé un poco frío, esperaba que continuase hablando. Por la primera impresión,  a aquella mujer la hacía con una voz menos dulce que la que tenía. Ante la falta de conversación, esta vez fui yo el que decidió preguntarle algo.
-          - ¿Y qué hace una mujer como tú, en un bar como éste?
-         -  ¿Perdona? – Sonrió irónicamente. ¿Algún problema con el sitio? Siempre cabe la opción de tomar la puerta… - Con su reacción me di cuenta de mis malas formas para intentar entablar conversación con aquella interesante desconocida.
-          - No… Verás, no me malinterpretes… No digo que sea un mal sitio, es acogedor y agradable.
-          Ya bueno, tampoco tienes que intentar quedar bien.
Hubo un silencio un tanto incómodo. Le di dos nuevos sorbos a mi copa y apoyé los codos sobre la barra. Sonaba una canción de Pynk Floyd mientras seguía paseando mi mirada hacia un lado y a otro intentando no pensar demasiado en nada. Había sido una mala noche, una mala racha… Me cobijaba en bares intentando no sentirme en la extrema soledad que me daba mi casa de las afueras. Tan grande, tan vistosa, pero tan sola…
Coger el coche haciendo kilómetros sin sentido y entrando en bares remotos  era mi alivio ante esa situación tan fría, la de tener tanto pero sentirse como si no tuvieras nada, nada que mereciera la pena, que te motivase a seguir.
-          - ¿Sabes qué es lo peor de días como estos? – Aquella mujer se quedó algo extrañada por la pregunta, ni yo mismo entendí por qué pronuncié aquellas palabras, supongo que necesitaba desahogarme. Me daba igual que no la conociese de nada, no sabía ni su nombre, sólo necesitaba esa sensación de que alguien te estaba escuchando.
-          - ¿El qué? – me contestó mientras terminaba por apurar su copa.
-          - Que ahora, después de tomarme unas copas y notar como mi garganta entra en calor, cogeré el camino de vuelta a mi casa y me acostaré. Pero, me acostaré sin ningún motivo por el que levantarme, más que esa esperanza porque las cosas cambien, porque todo vuelva a ser como antes…
Se quedó callada. Suspiró y no dijo nada. Yo proseguí, aún sabiendo que quizás a ella no le importaba en absoluto lo que yo le pudiese contar, un simple desconocido que acaba de entrar en su bar y había pedido una copa de whisky… ¿Qué podría decirle que a ella le interesase?-
-          Pasas los días con ese “mañana será diferente, mañana todo habrá cambiado” pero no, sólo me engaño. Todo está igual, nada ha cambiado. La lluvia me consuela, las tormentas me alivian. El sonido del viento a las cinco de las mañana no me asusta, me acompaña. Yo antes era el hombre más feliz del mundo, pero sabes qué es lo que me revienta por dentro? Que no me di cuenta… no somos conscientes de nuestra felicidad hasta que la felicidad es un recuerdo. No me faltaba de nada y era esa sensación la que me llenaba. No tenía muchas cosas pero tenía las suficientes. Echo de menos miradas, besos y confesiones al oído. Echo de menos esa respiración al lado de la mía, ese pensamiento subconsciente que te dice “está aquí, contigo”. Cuídala, me decía, cuídala porque no vas a encontrar a alguien igual. Que me aguante, que me mime, que sepa cuando necesito eso de” tranquilo que todo va a ir bien”, y ese beso para callarme cualquier queja estúpida. Manías, gestos, detalles, pequeños detalles que ahora que no están te das cuenta de que eran los más grandes. No sé porqué le estoy contando esto a una desconocida, no sé ni tu nombre… - sonreí casi sin fuerzas. Ella seguía mirándome, realmente parecía que estaba atendiendo a cada palabra que le decía. – Pero, dejé escaparlo todo. Mandé lejos justamente todo lo que necesitaba a mi lado para ser más fuerte, para ser indestructible. No trato de comprenderme, porque sé que no tengo remedio. Sé que las cosas están difíciles, nunca han estado fáciles, pero aún así no sé si es mi parte masoca, o mi parte que aún no ha olvidado aquellos días en los que yo era yo, la que me dice que siga intentando buscar ese motivo, esas ganas, eso que al levantarte por las mañanas te haga sonreír y te haga tener un objetivo.
No sé si es tarde, más bien, no se a partir de qué momento se puede considerar tarde el querer ser feliz. Todo lo que nos rodea hace tanto ruido que muchas veces no me dejan escucharme a mí mismo, quizás ese haya sido uno de mis principales problemas… Pero ahora he aprendido a escucharme, y a saber qué es lo que realmente quiero.
-         -  ¿Y qué haces aquí? Si quieres algo, ve a por ello y punto. Nunca es tarde. – Sus palabras me hicieron recordar que todo esto que estaba contando, se lo estaba diciendo a una mujer que la acababa de ver por primera vez hacía unos momentos, y levanté la mirada.
-         -  ¿Qué hago aquí?
Tras un nuevo silencio, tomé la cartera y saqué unas monedas. La miré, le dediqué una sonrisa y cogí las llaves del coche.
-          - ¿Vas a por ella no?
-          - Voy a por ella.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Te invito a mi mundo, pero no me lo desordenes.

Hace frío. Mucho frío. Me entretengo con el vaho de mi respiración que sale cada vez que expiro el aire, ese aire que a veces me falta.
Debería estar cansado, exhausto y sin fuerzas. He tenido motivos para rendirme y abandonar, pero he seguido. Dejé de contar las veces que caí por el camino y todas esas voces que me aseguraban que no sería capaz. Pero... ellos no me conocen, ellos no son yo. No saben de mis posibilidades ni de mi historia, no tienen ni idea de como he llegado hasta aquí, ni de lo que ocurrió en mi mundo... sí, mi mundo.
En él, no hay nada más que lo que yo quiero ver. No hay más gente de la que necesito, pero si hay infinidad de lugares y de momentos.
En mi mundo no hay muchas ciudades con millones de sitios distintos, en mi mundo hay una única ciudad con los mejores sitios. Puedes pasar por debajo de la torre Eiffel para llegar de repente al Big Ben, y si giras tu cabeza a la derecha puedes contemplar el Central Park, como se va abriendo paso alrededor del Lago Garda italiano.
Me paseo por sus calles cuando quiera y que sea de día o de noche sólo depende de que me lo imagine de una forma u otra. Las personas que me acompañan en este lugar, en esta peculiar ciudad que reúne todas las ciudades del mundo, son muy pocas, pero son las únicas que me hacen falta, el resto están de más, por eso me jode tanto que algunas personas entren sin permiso y me desorganicen todo, poniéndolo patas arriba y dejándolo hecho un caos. La autoridad en mi mundo la lleva mi mente, y cuando ésta está bloqueada no puedo hacer nada para devolver la normalidad...
En mi ciudad no quiero dudas ni preguntas sin respuestas, lo que quiero son sonrisas y noches increíbles, besos en la madrugada y amaneceres en la playa. Andando por mi calles me siento fuerte y aunque la oscuridad llegue con la noche, no me asusto, sigo adelante. Me acompaña la música, la mejor música y aunque de repente empiece a llover yo continúo, continúo siempre hacia adelante y con la cabeza alta, con mi mirada puesta en mi objetivo...
Aunque esto es lo normal, hasta hace muy poco mi mundo, mi gran ciudad, estaba sumida en una especie de guerra contra ella misma. Fue de una noche a otra. Recuerdo ver como la torre Eiffel se derrumbó y el Big Ben marcaba las una de la madrugada cuando se quedó parado, sin dejar que el tiempo corriese y manteniéndome prisionero de mi propio mundo. La noche se empeñó en no dejar paso al día, y las tormentas se sucedían inundando mis precioso lago Garda, convirtiendo Central Park en un auténtico escenario propio de una película de miedo. Mis fuerzas calleron y por más que intentaba erguirme como siempre no podía, mis pasos sobre el frío asfaltos eran puro baile, el baile que mantenía con mi cuerpo entre dejarme caer o seguir andando un poquito más. Perdí de vista a todas y cada una de las personas que hasta entonces siempre habían estado ahí, mi propia ciudad me había encerrado y me había dejado sólo ante mi propia creación, mis lugares, mis edificios, mis calles,... Grité pero nadie estaba ahí para oírme.
Por primera vez centré mi mirada en el pasado y no en mi objetivo, mi futuro. Recuerdo que titubeante, llegué hasta un lugar que no recordaba haber creado... Lo llamé el jardín de los recuerdos porque en cuanto entré, un sinfín de éstos inundaron mi mente poniéndolo todo más confuso. Iba como ciego caminando por aquella hierba, mientras escullaba el chirriar de las numerosas puertas que me iba encontrando en mi camino. Anduve mientras cada vez era un recuerdo nuevo el que me quemaba por dentro, tanto anduve, que cuando quise dar media vuelta no lograba ver por donde había entrado, ni donde estaba la salida de aquel sitio. Corrí mientras la lluvia chocaba contra mi cuerpo, pero cuanto más corría más perdido me encontraba.
El tiempo seguía parado en el mismo instante, pero para mi ya habían transcurrido horas desde que había entrado en aquel lugar y una tormenta de recuerdos me sacudía por dentro. Paré.
Decidí parar tras recorrer un camino que no me llevaba a ningún lado, yo había entrado allí y yo debía salir, pero el cómo me fallaba. Impotencia era la palabra, impotencia por querer y no poder. Cuando frené mi marcha y miré a mi alrededor, seguía sin ver nada con claridad, pero las piernas me flaqueaban y mi aliento me pedía un poco de descanso. Pensé que era el momento de darse por vencido y de reconocer lo que yo mismo me había buscado entrando allí. Pero hasta ahí no me di cuenta que lo único que había hecho era huír, intentar huír, escapar, pero esa no era la solución. Decidí entonces armarme de valor, sacar fuerzas de donde no las tenía, y afrontar aquella senda de recuerdos con lluvia, mientras la oscuridad le ponía ese toque de confusión a todo. Di un paso, luego otro,... levanté la cabeza y apreté los dientes, abrí los ojos y me dispuse a ver todo eso que desde el principio me había negado a ver. Acepté mi pasado tal como lo vi y comprendí que yo ya no podía hacer nada, tan sólo esforzarme en mi presente para darle la vuelta a mi futuro y ponerlo de cara. Y lo conseguí. Acabé mojado y tiritando, pero conseguí salir de allí afrontando mi miedos y mi propia historia, para a partir de ahí, empezar de nuevo y crear otra. El Big Ben volvió a contar segundos haciendo girar sus agujas, mi propia ciudad se fue recomponiendo a la misma vez que lo hacía yo mismo por dentro. Salió el sol y fueron sus rayos los que me hicieron ver que empezaba un nuevo día y con él, una nueva oportunidad para hacer las cosas bien. Y aquí estoy. Ahora conocéis algo más sobre mi, sobre mi mundo, y yo ahora sólo busco frenar un poco, ir más despacio y aferrarme a la felicidad. En este complicado episodio también he encontrado cosas importantes, sonrisas que cerca de la tuya te hacen inmortal, besos que te hace sonreír, y palabras al oído que te hacen creer que otros recuerdos, pueden ser creados.
- Te invito a mi mundo, pero no me lo desordenes.