sábado, 26 de agosto de 2017

Al trasluz (#AmoresDeVerano)

Me desperté esta mañana con tu letra escrita en un trozo de papel arrugado. Me decías, con trazos firmes al principio, que habías soñado conmigo, y conforme me contabas ese sueño tu letra se volvía más pequeña y menos legible, como si pretendieses que no la pudiese entender, pero necesitaras irte sabiendo que la habías escrito...

"Esta noche he soñado contigo. He soñado algo que me ha hecho levantarme nerviosa y quizás han sido justo esos nervios los que he intentado canalizar escribiéndote esto. Después de soñar algo que me parecía tan real y despertar y verte a mi lado durmiendo, no he podido evitar quedarme mirándote. El sol entraba por los diminutos agujeros de la persiana y dejaban tu cara iluminada a lunares, esos que cuento por tu espalda cuando no puedo dormirme y te giras abrazando tu trozo de la almohada. El sueño del que te hablo me llevaba a un bar de estilo antiguo, con música de los noventa. Yo esperaba en la mesa a que tú llegaras para contarte la noticia más importante que jamás te había dado. Estaba impaciente por verte, estaba impaciente porque me dieras unos de esos besos tuyos que sirven para tranquilizarme a veces, y para todo lo contrario otras. Ya lo tenía todo pensado, ya había ordenado cuidadosamente las palabras en mi cabeza y había elegido el tono con el que te diría...".

Dejé de entender la letra. Los trazos estaban tan juntos que las palabras se doblaban unas a otras y era imposible comprender nada. Seguía entrando el sol por la ventana y yo seguía buscándolo, con la hoja entre las manos, a ver si la claridad me ayudaba a descifrar aquel laberinto de palabras.
¿Qué me tenías que decir? De repente me di cuenta al respirar hondo que la habitación aún olía a ti. Me quedé con ese olor y los ojos cerrados. Entonces recordé algo. Anoche te noté rara. Mientras cenábamos hubo muchos silencios cuando nosotros, lo de quedarnos callados, siempre lo hemos dejado para otras circunstancias. Tu mirada se perdía al vaso muchas veces, y no te pediste lo de siempre. Te pasaba algo, pero no me di cuenta. Estaba demasiado pendiente en contarte cosas interesantes con las que no aburrirte. Aunque, no creo que ese haya sido el motivo de tu huida. No creo que te hayas ido porque te he aburrido. Nunca nos hemos aburrido en este tiempo. 

Me levanté de la cama y vi tirado tu pintalabios justo en la entrada de casa, debajo de la percha, como si se te hubiese caído del bolso. Intenté recordar si anoche lo tiraste cuando, nada más abrir la puerta de casa, te arramplé a besos hasta el cuarto y dejaste el bolso mal colgado. Pero no me fijé en ese detalle. Estaba pendiente en desabrochar cada botón de tu camisa. En estar tan cerca que nuestra respiración hiciera el relevo la una a la otra. En leer tu piel con mis manos como si yo fuese ciego y tú, desnuda, un sistema braille.

Era verano y se notaba en cada rincón de la casa. El calor comenzaba a hacerme sudar. ¿Qué me tenías que decir? Busqué mi móvil con la mirada y lo localicé en la mesita de noche. Marqué tu número casi sin mirar el teclado y pulsé el botón de llamar. No respondías.
Me daba pánico pensar en la posibilidad de que algo malo te hubiese pasado. También en si no volvería a verte.

Fui al baño. Aún seguía tu cepillo de dientes junto al mío. También tu neceser con las cosas del maquillaje. Abrí el grifo y me eché agua en la cara. Cuando levanté la mirada, noté como mi reflejó también te estaba buscando.

Caminé hasta el salón aún descalzo. Con las manos en jarras hice una panorámica, desde el balcón hasta el sofá. Nada parecía estar fuera de su sitio. Quise asomarme por el balcón, recorrí visualmente la calle. Algunas personas caminaban por la acera y una moto de reparto rompió el relativo silencio que guardaba la calle.

Regresé a la habitación y me volví a sentar en la cama. Sostuve aquel papel arrugado. Releí la carta. La volví a leer. Por cuarta vez, deambulé mentalmente por aquellas líneas: “Esta noche he soñado contigo…”.

De pronto, algo llamó mi atención. Al trasluz, se podía vislumbrar unas palabras sobrepuestas en aquel párrafo inentendible del final. Corrí hasta la cocina, tomé un mechero, y regresé a la habitación. Encendí el mechero. Iluminé el papel. Entendí una ‘q’, una ‘u’… ‘Quieres’. La siguiente palabra empezaba por ‘c’, seguía por ‘a’… ¡Casarte! Y, para acabar, la última palabra era: ‘conmigo’.

No me lo podía creer. La felicidad me inundó por completo. Miré al techo y sonreí como si me fuera la vida en ello. De repente escuché el ruido del ascensor. ¿Serías tú? Dejé la carta en el mismo sitio que la encontré, justo en el suelo de la habitación, y me volví a tumbar en la cama haciéndome el dormido. La puerta del piso se abrió. Entraste sin hacer mucho ruido, pero te noté apresurada. Gracias a tu respiración y a tus pasos supe que estabas entrando en el cuarto. Estuviste unos segundos parada. Luego te volviste a mover. Escuché arrugarse el papel, por lo que supe que lo estabas cogiendo. Yo seguía fingiendo que dormía, manteniendo los ojos cerrados. Y cuando ya no podía aguantar las ganas de comerte a besos, los abrí.
Sin embargo, cuando lo hice ya estabas de espaldas, saliendo de la habitación. Y antes de que pudiese reaccionar, volviste a salir de casa. Te llevaste aquel papel contigo. Yo me levanté y corrí al balcón. Te vi salir del portal. Caminaste unos pasos. Había un hombre esperándote. Abrí la ventana para poder ver y escuchar mejor. Le enseñaste aquel papel arrugado. Él se llevó un rato leyéndolo. Luego lo puso al trasluz. Y os besasteis.

Nunca más volví a saber de ti.








miércoles, 26 de julio de 2017

No hay peor enemigo, que el que nunca lo fue

Otra noche más viene el insomnio a preguntarme por ti. No puedo decirle cómo estás, porque ni siquiera lo sé... No sé si lo que reflejas es la realidad, o solo estás fingiendo.
No puedo no pensar en cómo te sientes. En cómo te lo estás pasando. En si te acuerdas de mi, o si no, y cuánto...
Y eso que hace tiempo que no disfruto pensándote. No lo hago, porque cuando vienes a mi mente nunca es para darme paz. Estás mirándome en mi cabeza, y me incómoda la situación.
Supongo que se acabaron las treguas, que estamos en guerra. Y supongo que cuando regreses lo harás con todo tu arsenal. No sé qué estrategia seguirás si es que seguirás alguna. Ni tampoco sé dónde colocar mis trincheras.
Y es que no hay peor enemigo, que el que nunca lo fue.

No voy a mentirte, no estoy preparado. Y no lo estoy porque me siento incapaz de dispararte, ni tampoco sé cómo defenderme. Estoy en ese punto intermedio que no acaba de decidirse por ningún polo y, que al final, ante la duda, se mantiene siempre en la misma posición.

Lo peor es que creo saber qué viene a continuación. Y lo que viene, no va a ser agradable. Sobre todo para mi.
Llevas herida tanto tiempo que empiezas a hacerte inmune al dolor. Seguramente ahora estés excavando en tu pasado, buscando esa otra felicidad, la que sentías antes de sentirla conmigo. Esa felicidad que no viene dada por una sola persona, sino por un cúmulo de motivos y razones.
Ahora querrás reencontrarte con todo aquello que, queriendo o sin querer, dejaste algo apartado. Y lo harás. Vivirás varios días en los que tu mente rechace cada ápice de culpa, cada porción de conciencia. Apartará toda sensación que te lleve al punto en el que estabas antes de que todo esto empezase. Y lo que empieza es el principio del fin, como dirían algunos.
Ahora buscarás la sustitución. Cambiar una pieza por otra. O varias.

Entras en esa fase en la que cualquier cosa es buena siempre que te ayude a no pensar. Y creerás vivir bien así. Y empezarás a sentirte ganadora de esta guerra en la que yo, aún, no he conseguido posicionarme. En la que asumo mi culpa en el inicio del conflicto, pero sin olvidar que una disputa entre dos no comienza solo por una de las partes.

Y también soy yo el que mira atrás y nos ve en la boca del callejón en el que, sin darnos cuenta, nos fuimos metiendo. Hemos recorrido tanto el mismo trayecto que no vemos la luz al otro lado.
Fuimos dos inconscientes, y ahora, tras todo este tiempo, tú y yo somos dos personas totalmente diferentes. Ya no somos los que se metieron en ese callejón sin ser conscientes de dónde estaban. Ahora somos los que se han dado cuenta de dónde están y necesitan encontrar una salida.

Sé que crees haber vivido una mentira. Sé que tu confianza está tan dañada que solo la pérdida de memoria podria recomponerla. Pero también sé que la balanza que nos sostiene no solo está cediendo en mi lado. También lo hace en el tuyo, y también lo hizo tiempo atrás.
Ahora que esta guerra de dos da claros indicios de ir en serio, necesito resguardarme de tus ataques, al menos, hasta que piense si atacar yo, o defenderme primero.
Lo primero será quererme de nuevo. Lo siguiente, olvidar cualquier pista, cualquier huella, que me lleve a responder ciertas preguntas que prefiero olvídar antes de saber sus respuestas. Y por supuesto, y lo más difícil, llenarme de fuerza, llenarme de valor, para cuando llegue el día en el que mis ojos vean lo que mi mente ya sabe.

domingo, 12 de marzo de 2017

Lo que no nos hace felices

Qué bien suenan todas esas frases célebres sobre la felicidad, como "nacimos para ser felices" o, citando a Josep Mascaró: "estás aquí para ser feliz". Desde pequeño hemos oído hablar de la felicidad, nos la presentaron en forma de aventuras en familia, de juegos entre amigos o, simplemente, cuando veíamos nuestra comida favorita en la mesa.

Nos hicieron creer que la felicidad era un objetivo, una meta en la vida, y nos lo hicieron creer porque a nuestras generaciones pasadas también se lo enseñaron así. Nuestra forma de vida siempre tenía que conducirnos a la felicidad, nuestro tiempo tendría que ser dedicado plenamente a ser felices, a disfrutar cada cosa que hiciéramos. Durante la juventud nos animan a esforzarnos continuamente por un futuro feliz, donde tengamos una vida resuelta, donde nuestras preocupaciones se diluyan por el camino; el camino que nos lleva a la felicidad. Y la felicidad es eso que vemos siempre en el horizonte, ese destino por el que seguimos avanzando, eso que nos espera al final del trayecto. Pero, por más que recorremos, nunca alcanzamos del todo.  

Y, ¿por qué nos cuesta tanto ser felices? Porque nos obligamos a serlo. 
No tenemos que tener la vida resuelta a los veintitantos, ni si quiera a los treinta. No tenemos que haber encontrado al amor de nuestra vida durante la universidad, ni si quiera tenemos que ir a la universidad. No tenemos que tener un buen coche, ni una casa espaciosa, ni un gran grupo de amigos donde no haya peleas ni distanciamientos, ni una cuenta bancaria de muchas cifras ni, tampoco, una familia ideal y estructurada.
Todos estos clichés sobre la felicidad, sobre esa meta utópica a la que todos aspiramos a alcanzar, nos hace ver la felicidad como una obligación más que como un estado al que se puede o no llegar en determinados momentos de nuestra vida. Que nadie nos venda una vida feliz y plena durante todos nuestros años de existencia porque jamás podrá darse tal supuesto. Pero, por supuesto, no hace falta que nadie nos diga cómo ser felices, ni si quiera nuestra propia cultura tiene ese derecho.

La mayoría de las veces que seamos felices ni nos estaremos dando cuenta. Y esa es la ironía de la que no te hablan aquellos que siguen repitiendo sin cesar que el sentido de la vida es ser feliz. Si empezaba hablando de frases célebres, ahora voy a citar otra: "cualquier tiempo pasado fue mejor". Y, ¿sabéis por qué se dice ésta? Porque cuando hacemos balance de los bueno y lo malo en un momento puntual de nuestras vidas, siempre tendemos a recordar lo bueno del pasado, sin ver lo bueno que tenemos hoy, ahora, en este momento.

No somos máquinas programadas para ser felices, somos personas que improvisamos cada segundo de nuestras vidas y, a veces, actuamos sin saber ni siquiera a dónde queremos llegar. Porque si la felicidad es un destino, el trascurso del viaje te ocupará toda una vida, pero si la felicidad es el camino, aquí ya estamos hablando de otra cosa.


Hazte un favor y de aquí en adelante no te prometas que serás feliz, no te acuestes pensando que mañana serás más feliz que hoy, porque justamente eso, es lo que no nos hace felices.

martes, 26 de julio de 2016

Hoy no salieron las estrellas, y tuvimos que pintarlas.

Hoy no salieron las estrellas y tuvimos que pintarlas. En la oscuridad fuimos dos siluetas algo inquietas, que se buscaban al contraluz de una ventana.

No podíamos vernos pero sabíamos que estábamos ahí, y si extendíamos los brazos podíamos rozarnos. En cinco minutos nuestros ojos se acostumbrarían y no pareceríamos dos ciegos tratando de buscarse guiados solo por el único sentido que nos falta. Sin embargo, esos cinco minutos eran los únicos que nos interesaban. La magia residía en ese instante, en aquel momento en el que tus sentidos se anulaban, y sin embargo no perdías el rumbo.
Pero esperaste. No te moviste. Observaste mi figura oscura que, poco a poco, se iba haciendo clara a tus ojos en medio de la oscuridad. Y ya no hubo más que hacer. Se fue la magia en busca de otro instante, de otras dos siluetas que sí supieran apreciarla. Y me dejaste frío mientras tus rasgos se hacían visibles.
"¿Y si encendemos la luz?" Dijiste. Y tu mano buscó el interruptor en vez de buscar la piel que tenía a su lado. Creerás que son meros detalles. A los dos días te marchaste. Pero ya no fue ninguna sorpresa.

Cada vez tengo más claro que la vida es una actitud. Nos aferramos a un clavo ardiendo siempre que, aunque queme, nos mantenga vivos. Nos encanta sentirnos vivos. Sin embargo algunos recuerdos aún nos frenan. Dormimos con el miedo bajo la almohada para despertarnos con él y que nos recuerde que ilusionarnos es peligroso. Que vivir, es peligroso.
Queremos tenerlo todo bajo control cuando a veces es el caos lo que nos hace felices. Pero por qué arriesgarse. Por qué cambiar de rutina si, aunque a veces quiera algo distinto, ya me he acostumbrado a no querer más. Por qué... Por miedo. Hasta la felicidad nos da miedo por si, al buscarla lejos de nuestro sitio, lo perdamos y ya no tengamos dónde regresar.

Déjame hablarte de los detalles, y prometo parar de hacerlo si me confiesas que nunca te perdiste en alguno. Que nunca te fijaste en una mirada que buscaba algo más que cruzarse con otra. Si nunca podrías admitir que lo primero en que te fijaste fue en un pequeño lunar que quizás ella ni sabe que lo tenga. O que aún sigues buscando ese sitio perdido que en alguna conversación mencionó que le encantaría visitar.
Una puerta entreabierta puede significar que hay alguien que desea que la atravieses para preguntarle qué le pasa, o solo puede ser una simple puerta que nunca llegó a cerrarse. Leer entre líneas. Y equivocarnos. O acertar.
Una actitud. La actitud de no conformarse con lo que es obvio, y buscar algo más. Vivir sabiendo lo que ello implica. Y aceptar cuando algo se acaba quizás sea la mejor manera de enfrentarte a un nuevo comienzo, que no tiene que ser ni peor ni mejor a lo pasado; tan solo diferente.

Dejemos de creer que tenemos raíces y que no podemos ser nosotros mismos en otro sitio. Dejemos de alimentar nuestro miedo con una actitud equivocada. No nacimos con instrucciones sobre cómo hacer bien las cosas. No te castigues si un día decidiste cambiar tu camino porque el que recorrías tan solo sirvió para atarte a una rutina que nunca podría haberte hecho feliz.

Detalles tan insignificantes como encender una luz, denotan una actitud. Guiarse con los ojos es muy fácil. Lo de hacerlo con el corazón, solo unos pocos se atreven.

jueves, 4 de febrero de 2016

Mi incoherencia.

Ayer fui a un concierto sin música. Recuerdo que llovía sin que cayese ninguna gota del cielo. La gente de mi alrededor me miraba pero allí todos eran ciegos. Había un mudo tratando de gritar. Y un sordo que pedía más canciones mientras miraba al escenario vacío. Recuerdo que te busqué pero no estabas. Que anduve pisando los charcos ya secos de la tormenta que no mojaba. Que sostenía una botella de champán vacía, y, que a veces, inconscientemente, trataba de darle un trago. Pensarás que estoy loco. Y puede que tengas razón. O puede que te llevaras también mi cordura contigo. Ya no sé que te dejaste, ni tampoco que se quedó.
Me da miedo mirarme al espejo y no verte detrás haciendo alguna tontería. Me da miedo que no desordenes mis cosas y, que cuando llegue a casa, esté todo en "orden". Yo prefiero tu caos.
Me da miedo que tu mirada se cruce con la mía y no haya una arruga en tus párpados antes del primer parpadeo. Que tu silla esté vacía, que la televisión no esté puesta con tu serie favorita. Que me llenes la cabeza de planes imposibles que siempre acaban perdiendo las dos primeras letras de su adjetivo, porque los hacemos. Tengo miedo si no me sorprendes justo cuando la inspiración había llegado, si no me molestas, si no me haces llegar tarde a cualquier lado.
Y no te confudas, que la soledad no me asusta. Solo me da miedo que tú no estés y que ya no sea yo el que te está esperando.
Tú sabes hacerme fuerte y frágil a la vez. Tú me has enseñado a imaginar sin cerrar los ojos, a jugar al escondite con la felicidad y siempre acabar encontrándonos, incluso en un simple roce de mejillas.
Cualquier ciudad de tu mano se convierte en París, y ahora me da miedo que algún día vaya a París sin ti y me parezca que es una ciudad cualquiera.
He descubierto contigo cientos de constelaciones y no me ha hecho falta mirar al cielo; me valían tus lunares. Por eso tengo miedo. Porque contigo me siento en las nubes y me da vértigo si pienso en las dudas que pueden hacer que caigamos. En un desliz de madrugada. En otros labios. En otras manos.

Ayer fui a un concierto. Recuerdo que llovía y la lluvia calaba por mi cuerpo. La gente de mi alrededor no se percataba de que a su lado había alguien que no paraba de mirar a todos lados. Recuerdo que te busqué, pero no estabas. Que anduve pisando los charcos mientras la tormenta no arreciaba. Que sostenía una botella de cristal llena de cerveza y del agua de lluvia que se colaba. Recuerdo que el escenario se empapaba, y que de repente apareciste tú, con esa sonrisa que parece pintaba, preguntándome "¿Dónde estabas?".

sábado, 14 de noviembre de 2015

#JeSuisParis

Supongo, porque no estaba, que ayer en París olía a fiesta y se respiraba ambiente de partido. Supongo, porque no estaba, que se escuchaban risas desde la terraza del Bonne Bière y buena música en Le Bataclan. Que paseaban niños por la calle Charonne, que había proyectos de regalos para esta navidad en el centro comercial Les Halles, y a buen seguro en Le Carillon, algún par de enamorados tomaban algo pensando en que tenían enfrente a la mejor compañía posible para un viernes por la noche.

Supongo, porque no estaba, que lo que vino después rompió la fiesta y el ambiente de partido. Que las risas tornaron en gritos y la buena música en un compás de balas perdidas que tenían la mala costumbre de encontrar a cuerpos inocentes. Que los proyectos de regalos de navidad se quedaron en meros proyectos que quizás ya, jamás se cumplan, y que espero que a aquellos dos enamorados les dieran tiempo de esconderse, de salir corriendo, o de sortear la pólvora que, sin tener porqué, iba contra ellos.

Ayer no solo se interrumpió una noche de viernes en París. Ayer se interrumpieron sueños y metas. Se interrumpieron años, infancias, madurez y vejez. Se interrumpieron palabras, pestañeos, caricias y miradas. Se interrumpieron, para no volver jamás, vidas. Ayer explotaron en Francia personas inocentes, y quizás algún explosivo. Y lo escribo así porque lo único que importa aquí es lo primero.

Cuesta realmente pensar que una mano, de carne y hueso como las nuestras, como las de las personas que arrebataban la sala de fiestas ayer en París, o como las de las personas que se disponían a cenar en uno de los restaurantes sorprendidos por el tiroteo, fuese la que estuviesen apretando el gatillo de una Kaláshnikov desde el otro lado. Que un cerebro compuesto por lo mismo que el nuestro, hubiese creído lógico matar a iguales por una religión, por un ideal, o por lo que sea. Que hubiese tenido la templanza de sostener aquel fusil entre sus manos, y mientras apretaba el gatillo gritar a los cuatro vientos, casi camuflado por los disparos, "Alahu Akbar" ("Alá es el más grande"). Y que esto no solo lo hubiese hecho una vez, sino reiteradas veces, hasta descargar su arma, y volverla a recargar para volver a gastarla de nuevo, al igual que se gastaba todo lo demás.

No sé a dónde habrán ido a parar todas las cosas que querían hacer y ya no harán las cien personas que se encontraron ya sin vida en Le Bataclan. No sé tampoco qué será de esos últimos pensamientos que dedicarían antes de ver como les quitaban su propia vida delante de sus propios ojos; ojos que ya no volverán a abrirse. Y yo no estuve allí, yo ni los conocía, ni si quiera sé sus nombres. Pero sí sé que son personas, y que quienes les dispararon no lo eran.

Anoche ni una gota de sangre debió salpicar las aceras ni un solo cadáver reposar sobre éstas. Anoche nada de lo que pasó debió haber pasado. Por eso, yo hoy soy París. Y porque mañana, París, puede ser España, Portugal, Grecia,... Occidente. 

domingo, 27 de septiembre de 2015

Llega el invierno y no me importa...

Llega el invierno y no me importa. Dejo que llueve si estoy contigo. Y si un relámpago alumbra  la habitación, si me deja ver tu cara dormida tan solo un instante, querré que siga la tormenta y que no escampe.
Te abrazo porque no sé no abrazarte, y nunca inundes tus ojos. Quiero mirarte a la cara con los ojos cerrados y desnudarte sin tocarte hasta que mi imaginación despierte con tu cuerpo y el mío tan pegados que nadie podría decir que fuésemos dos y no uno.

Nunca he sido tan torpe como cuando quiero no serlo al estar contigo. Y me río de mi si tú te ríes conmigo. Te guardo en pestañas sopladas con un deseo pendiente que siempre se repite y que no te cuento porque quiero que siempre se cumpla. Porque justo somos eso, un siempre encerrado en este instante, libertad compartida a deuda con tus noches, y tú con las mías.
Somos una casualidad y también nuestra suerte. Esto no vino con instrucciones, por eso a veces no supimos cómo hacerlo. Aunque lo importante es que lo hicimos. Lo importante es que ahora tú eres lo importante. Y si me faltas me pierdo, al igual que me pierdo si no estás. Empiezas a guiar mi felicidad y créeme que nunca he dejado que nadie lo hiciese, pero me gustan como tus manos agarran a las mías y me indican el camino. Ese camino que me encanta solo porque es contigo con quien lo estoy recorriendo.

Perdóname si te quiero de forma egoísta, pero creo que contigo no sé querer de otra forma. Al igual que no sé no mirarte cuando estás despeinada y seguir viéndote guapa. Me has enseñado a creer en algo en lo que prometí  dejar de creer, y nunca romper una promesa fue tan bonito. No busco entenderte ni busco que tú me entiendas, busco siempre intentarlo y si no lo consigo no darle más vueltas. Besarte cuando menos lo esperes y susurrarte que te quiero un millón de veces como si con novecientas noventa y nueve mil novecientas noventa y nueve veces no hubiese sido suficiente, y pudieses olvidarte de algo que para mí es tan obvio.

No sé si es medible, si cabe en alguna variable existente todo lo que eres para mí. Ni sé si es posible expresarlo. Quizás las palabras no puedan con esto, quizás haya que inventar otras nuevas u otra forma de decir las cosas. Quizás exagere, aunque seguro que no. Y no soy de los que suelen estar seguros de muchas cosas.
Ahora la felicidad me encuentra fácil en cada roce de piel, en cada rincón de la ciudad que visitamos juntos, en cada noche en la que sobra la almohada porque preferimos apoyarnos en nosotros mismos y romper el reposo de unos latidos que se aceleran si te pienso.

Tengo grabado un "no me faltes nunca" por dentro, y a veces puedes verlo en cualquier ataque tonto de celos, en alguna que otra duda, o en algún miedo que se asoma cuando recuerdo que hasta ahora no sabía lo que era suspirar por alguien cuando no la tengo, o cuando veo esa lista con planes pendientes que aún no hemos hecho, pero que no para de crecer.
Hay veces que pienso que una vida se nos puede llegar a quedar corta. Y quien me iba a decir a mí que algún día alguien me haría pensar en un futuro tan lejano, si yo siempre odié eso de prometer la eternidad a ciertas compañías.

Nunca me prometiste ser diferente, fue al conocerte cuando me di cuenta de que lo eras. Y eso, justo eso, es lo que me hace saber que primero estás tú y luego el resto. Lo que hace que fuera de ti ya no busque porque solo dentro de ti es donde encuentro. Y lo que hace que me pierda y me encuentre en ti, porque hacerlo en otra persona ya no tiene sentido.