domingo, 12 de marzo de 2017

Lo que no nos hace felices

Qué bien suenan todas esas frases célebres sobre la felicidad, como "nacimos para ser felices" o, citando a Josep Mascaró: "estás aquí para ser feliz". Desde pequeño hemos oído hablar de la felicidad, nos la presentaron en forma de aventuras en familia, de juegos entre amigos o, simplemente, cuando veíamos nuestra comida favorita en la mesa.

Nos hicieron creer que la felicidad era un objetivo, una meta en la vida, y nos lo hicieron creer porque a nuestras generaciones pasadas también se lo enseñaron así. Nuestra forma de vida siempre tenía que conducirnos a la felicidad, nuestro tiempo tendría que ser dedicado plenamente a ser felices, a disfrutar cada cosa que hiciéramos. Durante la juventud nos animan a esforzarnos continuamente por un futuro feliz, donde tengamos una vida resuelta, donde nuestras preocupaciones se diluyan por el camino; el camino que nos lleva a la felicidad. Y la felicidad es eso que vemos siempre en el horizonte, ese destino por el que seguimos avanzando, eso que nos espera al final del trayecto. Pero, por más que recorremos, nunca alcanzamos del todo.  

Y, ¿por qué nos cuesta tanto ser felices? Porque nos obligamos a serlo. 
No tenemos que tener la vida resuelta a los veintitantos, ni si quiera a los treinta. No tenemos que haber encontrado al amor de nuestra vida durante la universidad, ni si quiera tenemos que ir a la universidad. No tenemos que tener un buen coche, ni una casa espaciosa, ni un gran grupo de amigos donde no haya peleas ni distanciamientos, ni una cuenta bancaria de muchas cifras ni, tampoco, una familia ideal y estructurada.
Todos estos clichés sobre la felicidad, sobre esa meta utópica a la que todos aspiramos a alcanzar, nos hace ver la felicidad como una obligación más que como un estado al que se puede o no llegar en determinados momentos de nuestra vida. Que nadie nos venda una vida feliz y plena durante todos nuestros años de existencia porque jamás podrá darse tal supuesto. Pero, por supuesto, no hace falta que nadie nos diga cómo ser felices, ni si quiera nuestra propia cultura tiene ese derecho.

La mayoría de las veces que seamos felices ni nos estaremos dando cuenta. Y esa es la ironía de la que no te hablan aquellos que siguen repitiendo sin cesar que el sentido de la vida es ser feliz. Si empezaba hablando de frases célebres, ahora voy a citar otra: "cualquier tiempo pasado fue mejor". Y, ¿sabéis por qué se dice ésta? Porque cuando hacemos balance de los bueno y lo malo en un momento puntual de nuestras vidas, siempre tendemos a recordar lo bueno del pasado, sin ver lo bueno que tenemos hoy, ahora, en este momento.

No somos máquinas programadas para ser felices, somos personas que improvisamos cada segundo de nuestras vidas y, a veces, actuamos sin saber ni siquiera a dónde queremos llegar. Porque si la felicidad es un destino, el trascurso del viaje te ocupará toda una vida, pero si la felicidad es el camino, aquí ya estamos hablando de otra cosa.


Hazte un favor y de aquí en adelante no te prometas que serás feliz, no te acuestes pensando que mañana serás más feliz que hoy, porque justamente eso, es lo que no nos hace felices.

martes, 26 de julio de 2016

Hoy no salieron las estrellas, y tuvimos que pintarlas.

Hoy no salieron las estrellas y tuvimos que pintarlas. En la oscuridad fuimos dos siluetas algo inquietas, que se buscaban al contraluz de una ventana.

No podíamos vernos pero sabíamos que estábamos ahí, y si extendíamos los brazos podíamos rozarnos. En cinco minutos nuestros ojos se acostumbrarían y no pareceríamos dos ciegos tratando de buscarse guiados solo por el único sentido que nos falta. Sin embargo, esos cinco minutos eran los únicos que nos interesaban. La magia residía en ese instante, en aquel momento en el que tus sentidos se anulaban, y sin embargo no perdías el rumbo.
Pero esperaste. No te moviste. Observaste mi figura oscura que, poco a poco, se iba haciendo clara a tus ojos en medio de la oscuridad. Y ya no hubo más que hacer. Se fue la magia en busca de otro instante, de otras dos siluetas que sí supieran apreciarla. Y me dejaste frío mientras tus rasgos se hacían visibles.
"¿Y si encendemos la luz?" Dijiste. Y tu mano buscó el interruptor en vez de buscar la piel que tenía a su lado. Creerás que son meros detalles. A los dos días te marchaste. Pero ya no fue ninguna sorpresa.

Cada vez tengo más claro que la vida es una actitud. Nos aferramos a un clavo ardiendo siempre que, aunque queme, nos mantenga vivos. Nos encanta sentirnos vivos. Sin embargo algunos recuerdos aún nos frenan. Dormimos con el miedo bajo la almohada para despertarnos con él y que nos recuerde que ilusionarnos es peligroso. Que vivir, es peligroso.
Queremos tenerlo todo bajo control cuando a veces es el caos lo que nos hace felices. Pero por qué arriesgarse. Por qué cambiar de rutina si, aunque a veces quiera algo distinto, ya me he acostumbrado a no querer más. Por qué... Por miedo. Hasta la felicidad nos da miedo por si, al buscarla lejos de nuestro sitio, lo perdamos y ya no tengamos dónde regresar.

Déjame hablarte de los detalles, y prometo parar de hacerlo si me confiesas que nunca te perdiste en alguno. Que nunca te fijaste en una mirada que buscaba algo más que cruzarse con otra. Si nunca podrías admitir que lo primero en que te fijaste fue en un pequeño lunar que quizás ella ni sabe que lo tenga. O que aún sigues buscando ese sitio perdido que en alguna conversación mencionó que le encantaría visitar.
Una puerta entreabierta puede significar que hay alguien que desea que la atravieses para preguntarle qué le pasa, o solo puede ser una simple puerta que nunca llegó a cerrarse. Leer entre líneas. Y equivocarnos. O acertar.
Una actitud. La actitud de no conformarse con lo que es obvio, y buscar algo más. Vivir sabiendo lo que ello implica. Y aceptar cuando algo se acaba quizás sea la mejor manera de enfrentarte a un nuevo comienzo, que no tiene que ser ni peor ni mejor a lo pasado; tan solo diferente.

Dejemos de creer que tenemos raíces y que no podemos ser nosotros mismos en otro sitio. Dejemos de alimentar nuestro miedo con una actitud equivocada. No nacimos con instrucciones sobre cómo hacer bien las cosas. No te castigues si un día decidiste cambiar tu camino porque el que recorrías tan solo sirvió para atarte a una rutina que nunca podría haberte hecho feliz.

Detalles tan insignificantes como encender una luz, denotan una actitud. Guiarse con los ojos es muy fácil. Lo de hacerlo con el corazón, solo unos pocos se atreven.

jueves, 4 de febrero de 2016

Mi incoherencia.

Ayer fui a un concierto sin música. Recuerdo que llovía sin que cayese ninguna gota del cielo. La gente de mi alrededor me miraba pero allí todos eran ciegos. Había un mudo tratando de gritar. Y un sordo que pedía más canciones mientras miraba al escenario vacío. Recuerdo que te busqué pero no estabas. Que anduve pisando los charcos ya secos de la tormenta que no mojaba. Que sostenía una botella de champán vacía, y, que a veces, inconscientemente, trataba de darle un trago. Pensarás que estoy loco. Y puede que tengas razón. O puede que te llevaras también mi cordura contigo. Ya no sé que te dejaste, ni tampoco que se quedó.
Me da miedo mirarme al espejo y no verte detrás haciendo alguna tontería. Me da miedo que no desordenes mis cosas y, que cuando llegue a casa, esté todo en "orden". Yo prefiero tu caos.
Me da miedo que tu mirada se cruce con la mía y no haya una arruga en tus párpados antes del primer parpadeo. Que tu silla esté vacía, que la televisión no esté puesta con tu serie favorita. Que me llenes la cabeza de planes imposibles que siempre acaban perdiendo las dos primeras letras de su adjetivo, porque los hacemos. Tengo miedo si no me sorprendes justo cuando la inspiración había llegado, si no me molestas, si no me haces llegar tarde a cualquier lado.
Y no te confudas, que la soledad no me asusta. Solo me da miedo que tú no estés y que ya no sea yo el que te está esperando.
Tú sabes hacerme fuerte y frágil a la vez. Tú me has enseñado a imaginar sin cerrar los ojos, a jugar al escondite con la felicidad y siempre acabar encontrándonos, incluso en un simple roce de mejillas.
Cualquier ciudad de tu mano se convierte en París, y ahora me da miedo que algún día vaya a París sin ti y me parezca que es una ciudad cualquiera.
He descubierto contigo cientos de constelaciones y no me ha hecho falta mirar al cielo; me valían tus lunares. Por eso tengo miedo. Porque contigo me siento en las nubes y me da vértigo si pienso en las dudas que pueden hacer que caigamos. En un desliz de madrugada. En otros labios. En otras manos.

Ayer fui a un concierto. Recuerdo que llovía y la lluvia calaba por mi cuerpo. La gente de mi alrededor no se percataba de que a su lado había alguien que no paraba de mirar a todos lados. Recuerdo que te busqué, pero no estabas. Que anduve pisando los charcos mientras la tormenta no arreciaba. Que sostenía una botella de cristal llena de cerveza y del agua de lluvia que se colaba. Recuerdo que el escenario se empapaba, y que de repente apareciste tú, con esa sonrisa que parece pintaba, preguntándome "¿Dónde estabas?".

sábado, 14 de noviembre de 2015

#JeSuisParis

Supongo, porque no estaba, que ayer en París olía a fiesta y se respiraba ambiente de partido. Supongo, porque no estaba, que se escuchaban risas desde la terraza del Bonne Bière y buena música en Le Bataclan. Que paseaban niños por la calle Charonne, que había proyectos de regalos para esta navidad en el centro comercial Les Halles, y a buen seguro en Le Carillon, algún par de enamorados tomaban algo pensando en que tenían enfrente a la mejor compañía posible para un viernes por la noche.

Supongo, porque no estaba, que lo que vino después rompió la fiesta y el ambiente de partido. Que las risas tornaron en gritos y la buena música en un compás de balas perdidas que tenían la mala costumbre de encontrar a cuerpos inocentes. Que los proyectos de regalos de navidad se quedaron en meros proyectos que quizás ya, jamás se cumplan, y que espero que a aquellos dos enamorados les dieran tiempo de esconderse, de salir corriendo, o de sortear la pólvora que, sin tener porqué, iba contra ellos.

Ayer no solo se interrumpió una noche de viernes en París. Ayer se interrumpieron sueños y metas. Se interrumpieron años, infancias, madurez y vejez. Se interrumpieron palabras, pestañeos, caricias y miradas. Se interrumpieron, para no volver jamás, vidas. Ayer explotaron en Francia personas inocentes, y quizás algún explosivo. Y lo escribo así porque lo único que importa aquí es lo primero.

Cuesta realmente pensar que una mano, de carne y hueso como las nuestras, como las de las personas que arrebataban la sala de fiestas ayer en París, o como las de las personas que se disponían a cenar en uno de los restaurantes sorprendidos por el tiroteo, fuese la que estuviesen apretando el gatillo de una Kaláshnikov desde el otro lado. Que un cerebro compuesto por lo mismo que el nuestro, hubiese creído lógico matar a iguales por una religión, por un ideal, o por lo que sea. Que hubiese tenido la templanza de sostener aquel fusil entre sus manos, y mientras apretaba el gatillo gritar a los cuatro vientos, casi camuflado por los disparos, "Alahu Akbar" ("Alá es el más grande"). Y que esto no solo lo hubiese hecho una vez, sino reiteradas veces, hasta descargar su arma, y volverla a recargar para volver a gastarla de nuevo, al igual que se gastaba todo lo demás.

No sé a dónde habrán ido a parar todas las cosas que querían hacer y ya no harán las cien personas que se encontraron ya sin vida en Le Bataclan. No sé tampoco qué será de esos últimos pensamientos que dedicarían antes de ver como les quitaban su propia vida delante de sus propios ojos; ojos que ya no volverán a abrirse. Y yo no estuve allí, yo ni los conocía, ni si quiera sé sus nombres. Pero sí sé que son personas, y que quienes les dispararon no lo eran.

Anoche ni una gota de sangre debió salpicar las aceras ni un solo cadáver reposar sobre éstas. Anoche nada de lo que pasó debió haber pasado. Por eso, yo hoy soy París. Y porque mañana, París, puede ser España, Portugal, Grecia,... Occidente. 

domingo, 27 de septiembre de 2015

Llega el invierno y no me importa...

Llega el invierno y no me importa. Dejo que llueve si estoy contigo. Y si un relámpago alumbra  la habitación, si me deja ver tu cara dormida tan solo un instante, querré que siga la tormenta y que no escampe.
Te abrazo porque no sé no abrazarte, y nunca inundes tus ojos. Quiero mirarte a la cara con los ojos cerrados y desnudarte sin tocarte hasta que mi imaginación despierte con tu cuerpo y el mío tan pegados que nadie podría decir que fuésemos dos y no uno.

Nunca he sido tan torpe como cuando quiero no serlo al estar contigo. Y me río de mi si tú te ríes conmigo. Te guardo en pestañas sopladas con un deseo pendiente que siempre se repite y que no te cuento porque quiero que siempre se cumpla. Porque justo somos eso, un siempre encerrado en este instante, libertad compartida a deuda con tus noches, y tú con las mías.
Somos una casualidad y también nuestra suerte. Esto no vino con instrucciones, por eso a veces no supimos cómo hacerlo. Aunque lo importante es que lo hicimos. Lo importante es que ahora tú eres lo importante. Y si me faltas me pierdo, al igual que me pierdo si no estás. Empiezas a guiar mi felicidad y créeme que nunca he dejado que nadie lo hiciese, pero me gustan como tus manos agarran a las mías y me indican el camino. Ese camino que me encanta solo porque es contigo con quien lo estoy recorriendo.

Perdóname si te quiero de forma egoísta, pero creo que contigo no sé querer de otra forma. Al igual que no sé no mirarte cuando estás despeinada y seguir viéndote guapa. Me has enseñado a creer en algo en lo que prometí  dejar de creer, y nunca romper una promesa fue tan bonito. No busco entenderte ni busco que tú me entiendas, busco siempre intentarlo y si no lo consigo no darle más vueltas. Besarte cuando menos lo esperes y susurrarte que te quiero un millón de veces como si con novecientas noventa y nueve mil novecientas noventa y nueve veces no hubiese sido suficiente, y pudieses olvidarte de algo que para mí es tan obvio.

No sé si es medible, si cabe en alguna variable existente todo lo que eres para mí. Ni sé si es posible expresarlo. Quizás las palabras no puedan con esto, quizás haya que inventar otras nuevas u otra forma de decir las cosas. Quizás exagere, aunque seguro que no. Y no soy de los que suelen estar seguros de muchas cosas.
Ahora la felicidad me encuentra fácil en cada roce de piel, en cada rincón de la ciudad que visitamos juntos, en cada noche en la que sobra la almohada porque preferimos apoyarnos en nosotros mismos y romper el reposo de unos latidos que se aceleran si te pienso.

Tengo grabado un "no me faltes nunca" por dentro, y a veces puedes verlo en cualquier ataque tonto de celos, en alguna que otra duda, o en algún miedo que se asoma cuando recuerdo que hasta ahora no sabía lo que era suspirar por alguien cuando no la tengo, o cuando veo esa lista con planes pendientes que aún no hemos hecho, pero que no para de crecer.
Hay veces que pienso que una vida se nos puede llegar a quedar corta. Y quien me iba a decir a mí que algún día alguien me haría pensar en un futuro tan lejano, si yo siempre odié eso de prometer la eternidad a ciertas compañías.

Nunca me prometiste ser diferente, fue al conocerte cuando me di cuenta de que lo eras. Y eso, justo eso, es lo que me hace saber que primero estás tú y luego el resto. Lo que hace que fuera de ti ya no busque porque solo dentro de ti es donde encuentro. Y lo que hace que me pierda y me encuentre en ti, porque hacerlo en otra persona ya no tiene sentido.

miércoles, 5 de agosto de 2015

¿Por qué se nos enfría el café por las mañanas?

Quizás sea por esa estúpida manía de dejar pasar a la rutina más allá del recibidor. La tratamos bien e incluso nos gusta; hasta que aburre. Hasta que el aroma del café recién hecho tropieza al subir por las escaleras, y nunca llega a la planta de arriba.

Los botones desabrochados por inercia han perdido la gracia. Y no me interesan miradas cómplices que también son cómplices con otros ojos.

Lo quiero todo ahora. Lo he querido todo siempre. Pero la rutina no.

Y el problema no es que se enfríe el café por las mañanas. El problema es que cada día el café amanece encima de la mesa, asumiendo que él será nuestra elección hoy. Extinguimos otras opciones. ¿Y Por qué? ¿Por miedo?
Lo desconocido asusta. Y lo que no, si no es bueno, aburre.

No quiero que seas para siempre, lo efímero me tira más. Nos enseña a valorar las cosas, y a apreciar el tiempo. Y si lo efímero se hace eterno, que se haga sin prometer serlo. Que dure para siempre pero siempre creyendo que no durará más que un momento.
Prometerte al tiempo es esclavizarte a él. No nos hagamos presos todavía. Aún creo en la libertad. Y más, si es compartida.

La guillotina nos espera a la vuelta de la esquina y yo me entretengo haciéndote surcos en tu piel con mis dedos. Y mientras avancemos no me grites lo que se avecina, no me expliques el peligro. Porque si la única forma de sobrevivir hoy es quedarnos quietos, prefiero no sobrevivir, y correr a lo que traiga el destino.

Es la única forma de sortear el aburrimiento, el café de por las mañanas, y la inercia de la rutina. Avanzar. Contigo. Sin miedo a que un cambio desequilibre nuestro equilibrio. Porque quizás, a nosotros, nos sienta mejor el desorden.

domingo, 24 de mayo de 2015

Benditos principios

Es mejor no dar protagonismo a los finales, a esos finales que le quitan espacio a los principios. Y benditos principios.
Principios aún sin estructurar que buscan su sitio, como lo hace un flujo de agua por un canal. Y nosotros somos cada gota. Chocando. Hasta evaporarnos y volver a caer. Porque en eso consiste esto, en subidas y bajadas.

Hay despedidas que se guardan para momentos especiales... o quizás los momentos especiales guardan despedidas. El caso es que yo no descorcho un gran reserva tan fácil, y con tu adiós descorché el de la mejor cosecha.
Olía a alcohol en la cocina, la fiesta se encendía y los tragos caían al ritmo del caer de las gotas de lluvia en los cristales. Quién sabe si esa lluvia nos guardaba a nosotros dos. Quién sabe si nuestro camino también se interrumpió contra el cristal. Si morimos en una de esas caídas precipitadas al vacío, después de haber subido tanto, tanto,... hasta las nubes.
Quizás fue vértigo. El problema es que cuando estás tan arriba y no recuerdas que te puedes caer, al hacerlo, duele más.
En la misma habitación donde vi tirada tu ropa por primera vez. En el mismo suelo que recogió nuestra ropa lanzada con ansia, aunque no lo confundas con prisa; más bien era pasión. En ese mismo suelo, acabé yo. Con unas copas de más, y yo echándote de menos.
Miraba mareado como la cama parecía trepar por la ventana, y creí oler tu perfume al echarme sobre ella. Cerré los ojos. Pero inmediatamente los abrí. Todo me daba vueltas.

Me duché para sentirme más vivo, aunque quizás ya estaba muerto, si miraba de nuevo esas otras gotas que eran paradas por la ventana de la ducha.
Yo no quería olvidar así pero nadie me había dado instrucciones. No sabía cómo empezar a hacerlo y bebí como escusa, o como motivo para atreverme a llamar a tu número y decirte todo lo que no me atreví nunca a decir.
Tan equivocado como siempre. Me vestí y me acosté. Era madrugada.
"La luna está tan decepcionada conmigo que ya ni baja a saludarme por las noches", pensé. Por eso aquella noche llovía. Por eso había tantas nubes. No quería verme, y se escondía.
Podía consolarme con el ruido de la tormenta, pero no podía consolarte a ti. Y eso me escocía. Recuerdo cuando me decías que te daban miedo los truenos, el viento. Recuerdo como me giré a ti y te abracé, como protegiéndote de algo de lo que ya nos protegían las paredes. Y el techo. El mismo techo que ahora miraba, con los ojos abiertos, pensándote otra vez.

Crujían los árboles mientras dejé correr al reloj. Y siguió corriendo. Y no paraba. Y pasaron días. Y pasaron meses. Y de repente se volvió a parar.
Con otra mirada tímida. Con otros labios cortados. Con otra voz que no quería dejar de escuchar.
De improvisto, como dicen que salen mejor las cosas, cuando menos lo esperas, alguien nuevo aparece. Y te llena. Poco a poco.
Hasta que vuelves a ver caída su ropa en el suelo. Hasta que vuelve a quitarte la camisa botón a botón hasta dejarte sin nada, sin nada más que ella. Y ella, sin nada más que tú.
Y esta vez las gotas de los cristales no eran lluvia, eran vaho producto de unas ganas incontenibles. Esta vez los recuerdos no dolían porque, aunque andaban quebrados por aquella misma habitación, ya no se escuchaban. Ya no hablaban. Ahora los recuerdos se habían quedado sin voz, porque otra voz sonaba más fuerte. Porque otro principio, había dejado atrás a un nuevo final. Y entonces me di cuenta que aquel adiós sólo fue eso, un final. Y lo que le sigue a los finales siempre son principios. ¡Benditos principios!
Y ya solo puedo pedir una cosa: que esta vez sepamos sortear los cristales.